Parte 5 de la serie “Fanatismo”
El algoritmo no piensa: reacciona

Empecemos por lo básico. Los algoritmos que manejan las redes sociales, los buscadores y hasta los sistemas de recomendación de noticias no tienen ideología. No son de izquierda, ni de derecha. No defienden una causa, ni tienen una ética. Son simplemente máquinas que aprenden, por repetición, a mostrarte lo que te hace quedarte más tiempo en pantalla. Porque eso genera clics. Y los clics generan ingresos. Así de crudo. Así de simple.
Entonces, si te enojas con un video político, lo compartes con rabia, escribes un comentario, insultas o defiendes a muerte a tu candidato… el algoritmo no lo ve como fanatismo. Lo ve como interacción exitosa. Y reacciona: “Perfecto, a esta persona le interesa esto. Le voy a mostrar más contenido igual”. No porque te quiera manipular. Porque quiere que no te vayas.
Y así empieza el ciclo. Tu creés que estás explorando el mundo, pero en realidad estás navegando dentro de un laberinto diseñado con tus propias emociones.
La burbuja que te encierra
Cada vez que interactúas con algo que te gusta —o que te molesta muchísimo— los sistemas digitales toman nota. Y poco a poco, sin que te des cuenta, te aíslan. No para castigarte. Para complacerte.
Te encierran en una burbuja informativa donde solo ves contenido que confirma lo que ya piensas. Las voces distintas desaparecen del radar. No porque ya no existan, sino porque el sistema decide que no te van a gustar. Y entonces, empieza a parecerte que todo el mundo está de acuerdo contigo. Pero no es que el mundo lo esté: es que te están mostrando solo una parte. La parte que alimenta tu ego, tu rabia, tu certeza.
Y ahí el fanatismo florece. Porque cuando ya no escuchas otras ideas, cuando todo a tu alrededor parece confirmar que tu líder es un genio o que tu causa es la única verdadera, tu capacidad crítica se debilita. No porque la hayas perdido, sino porque ya no la estás usando.
El sesgo de confirmación con esteroides
Todos los humanos tenemos algo llamado sesgo de confirmación: esa tendencia a creer más fácilmente en lo que ya pensábamos de antemano. Lo hacemos para proteger el ego. Para no sentir que nos equivocamos. Para no tener que reconstruir lo que llevamos años defendiendo.
Pero los algoritmos lo llevan al extremo. No solo te permiten confirmar lo que ya crees: te evitan activamente cualquier cosa que te incomode. Te vuelven adicto a tener razón. Y esa adicción, aunque parezca inofensiva, es gasolina pura para el fanatismo. Porque sin darte cuenta, te vas convenciendo de que lo tuyo no es una opinión: es la verdad absoluta. Y todo lo demás es una amenaza.
¿Y si quieres salirte de esa burbuja?
Hay formas de hacerlo, pero ninguna es automática. No hay un botón de “pensamiento libre”. Tienes que tomar el control de lo que consumes. Hacerlo conscientemente. Decidir qué ver, qué leer, a quién escuchar.
Puedes empezar por seguir cuentas que piensan distinto a ti. No para pelear, sino para entender. También puedes buscar medios que no estén en tu zona cómoda, aunque a veces te incomoden. Puedes revisar las fuentes antes de compartir una noticia. Puedes interactuar con contenido diverso, incluso si no estás de acuerdo, para que el algoritmo sepa que no estás encerrado en una sola idea. Y algo tan simple como desactivar el autoplay de videos puede darte más poder del que imaginas: porque entonces, vuelves a elegir qué ver. Tú decides. No la red social.
¿Y cómo afecta esto a un país?
Cuando millones de personas están atrapadas en burbujas distintas, la conversación nacional se rompe. Ya no hablamos de lo mismo. Ya no compartimos hechos. Solo emociones filtradas. Cada uno cree que el otro es estúpido, corrupto o peligroso. No porque lo haya escuchado realmente, sino porque nunca lo ha escuchado de verdad.
Y ahí es cuando el fanatismo deja de ser un problema personal y se convierte en una crisis democrática. Porque si ya no podemos hablarnos, ya no podemos convivir. Y si no podemos convivir, entonces… ¿qué queda?
El algoritmo no está solo en la máquina
Quiero decirte algo más. Esto no pasa solo en redes sociales. El “algoritmo” también vive dentro de ti. En cómo eliges a tus amigos, en cómo formas tus grupos, en qué conversaciones evitas por miedo a incomodar. Muchas veces, tú mismo creas una burbuja emocional, social, ideológica, sin necesidad de ningún servidor externo. Ese tema da para otro artículo. Pero no quería dejarlo fuera. Porque el fanatismo también se alimenta de eso: de la comodidad de vivir rodeado solo por quienes piensan igual.