10 de abril del 2026

(Texto privado)

Querido diario,

Soy yo. Vinicio Jarquín. Apacigua tu ser interior.

Necesito escribir esto. No para publicarlo, no para que circule. Tal vez para guardarlo, tal vez para compartirlo solo con algunas personas de confianza… pero necesito sacarlo. Hoy es 10 de abril del 2026, y lo que siento no cabe en frases cortas ni en explicaciones rápidas.

Trabajé tanto. Tan fuerte. Tan constante. Tantas horas diarias… que en algún momento dejé de contar. Pero si tuviera que decirlo, fueron casi 20 horas al día durante semanas. Reuniones, diputados, expresidentes, miembros de los poderes de la República, visitas al Tribunal Supremo de Elecciones, ciudadanía, candidatos a la presidencia, a la vicepresidencia, a diputaciones. Artículos, entrevistas… fue todo. Fue muchísimo. Y yo estaba seguro. Seguro de que íbamos a pasar a segunda ronda. No sabía qué iba a pasar en esa segunda ronda… pero necesitaba que llegáramos. Era importante. Era necesario.

Semanas antes, en varias reuniones, yo insistía en algo que hoy me pesa recordar: que podíamos perder la patria, que podíamos perder la nación como la conocíamos. Lo dije varias veces. Lo sentía. Pero el primero de febrero… se me olvidó. Esa noche, cuando empezaron a salir los resultados y dijeron que habíamos perdido… se me olvidó todo lo que yo mismo había advertido. Y en lugar de eso, apareció otra cosa: la esperanza de haber estado equivocado. Y no lo estaba.

Esa noche quería apagar todo. El servidor. Todo. Irme a dormir. Llorar tres días seguidos. Hacer luto. Procesar. Pero no pude. Empezaron a llegar mensajes. Cientos. Personas que necesitaban apoyo, que necesitaban calma, que necesitaban que alguien les dijera algo. Y no pude parar. No pude hacer luto. No pude llorar la pérdida como muchos otros sí lo hicieron, incluso saliéndose de redes sociales, desconectándose. Yo no. Yo seguí. Atrapado… pero por decisión propia. Porque sentía que el país necesitaba eso. Necesitaba apaciguarse. Ya la elección estaba perdida, ya no había nada que hacer en ese frente… pero sí había algo que hacer en el ánimo de la gente.

Y seguí trabajando. Canciones, artículos, entrevistas, reuniones. Decidí que iba a trabajar con los nuevos diputados, que iba a reunirme con ellos, que iba a asesorarlos, que iba a asesorar a sus asesores, que iba a ayudar al Tribunal Supremo de Elecciones a educar en democracia y cívica en las escuelas, que iba a traducir proyectos de ley a lenguaje popular para que la gente los pudiera entender, que iba a publicarlos, que iba a hacer canciones. Lancé la radio con contenido de apaciguamiento. Todo eso… yo solo. Y recientemente lancé el Universo Digital de Apacigua, con siete módulos en este momento, hechos por mí, diseñados por mí, pensados por mí.

Todo ese esfuerzo. Todo.

Y ayer pedí ayuda. Porque Apacigua no se puede sostener solo. Yo ya no puedo sostenerlo. Apacigua se comió mis ahorros durante la campaña… y durante estos meses, de febrero a abril. Ha llegado ayuda, sí, de personas que creen… pero no es suficiente. En el video fui claro. Dije que, dependiendo de la respuesta, esa sería la respuesta que yo necesitaba escuchar. Si la gente quería que Apacigua siguiera como un medio donde yo escribo y acompaño… o si querían que yo siguiera trabajando en algo más grande, con la OEA, Naciones Unidas, otros países, organizaciones internacionales, fundaciones de paz, universidades de paz, centros democráticos en el norte de Europa. Todo eso está en proyecto. Y aun así… no sé si eso salvaría la patria. Pero al menos podríamos frenar algunas cosas, truncar algunos intentos, aportar algo.

Pero la respuesta fue no. No al apoyo.

Y yo ya no puedo.

Creo que Apacigua va a seguir… tal vez con algunos artículos diarios, eventuales. Pero también creo —y perdón por la falta de modestia— que si realmente alguien puede aportar a este país en estos cuatro años, a la democracia, a la institucionalidad, a la paz, a la armonía… es el movimiento Apacigua tu ser interior. Y aun así… ha sido atacado por los del continuismo y abandonado por muchos apaciguados.

No voy a apagar los servidores hoy. Tal vez no mañana. Tal vez no el domingo. Tal vez tampoco la próxima semana. Pero creo que estamos frente a algo inevitable. Entregar el timón.

Lo peor de todo… es que, aunque los del continuismo lo nieguen y aunque los de la oposición mantengan la esperanza de que algo todavía se puede hacer… yo creo que no hay nada por hacer. Siento que el país fue tomado. Como por un enjambre de langostas. Y nadie lo va a detener. Y es duro escribir eso, pensarlo, aceptarlo. Porque durante meses estuve en el otro lado… en el de hacer, en el de intentar, en el de mover, en el de creer que algo podía cambiar. Y hoy lo que aparece es otra cosa. Una certeza incómoda. Una de esas que no se dicen en público.

Yo debería apaciguarlos. Y sí… esa sigue siendo mi recomendación. Porque si algo creo hoy, es que solo apaciguados vamos a poder soportar lo que se vino encima. No desde la rendición… sino desde la resistencia interna, desde no perderse, desde no quebrarse por dentro. Pero decir eso también duele.

Estoy en mi casa. Llorando.

Y no es solo por el país.

Es por otra cosa.

Porque aunque los enemigos no pudieron atacarlo… los suyos lo dejaron solo. Y eso pesa distinto. Eso no es político. Eso es humano.

Apacigua puede caer.

Y en este momento… se siente como si fuera uno de los últimos bastiones.

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