
Si la gente quiere que le hablen con palabritas populares, aquí les va, aunque sin las vulgaridades que parece que, a muchos, los hace sentirse identificados.
Cuando éramos jóvenes, había palabras que definían perfectamente ciertos tipos de personas. El chuchinga era el que les pegaba a las mujeres, el matón del barrio, el bravucón que creía que la fuerza y el grito eran sinónimo de autoridad. Y el cuita era aquel que se quejaba por todo, el que no aguantaba nada, el que hacía un drama de cualquier cosa. Hoy, lamentablemente, parece que esas dos palabras se nos metieron a nuestros hogares.
Juanito era el típico niño que cargaba en su espalda —y en sus culpas— esas dos palabras: “chuchinga” y “cuita”. Era —con todo respeto a las palabras de mi abuela— un matón al que alguien tenía que pegarle, algún día, una cateada o una majada de hocico.
Cuando estaba en el colegio, sus padres lo defendían más de la cuenta.
Le disculpaban y lo alcahueteaban, aunque eso hiciera que Juanito perdiera el recato y el jundamento.
Sus padres justificaban sus bravuconadas:
“Es que la maestra me lo agarró entre ojos.”
“Es que la maestra la tiene contra mi hijo.”
“Es que a mi chiquito le cae mal la maestra.”
Dándole al mierdoso la impresión de que podía tratar mal al mundo sin consecuencias.
—No, señores —les decían los directores del Tribunal Supremo de la Escuela—, lo que pasa con su hijo es que es un insolente sin control y sin límites. La maestra no lo ha agarrado entre ojos, ella intenta poner orden. Es que él vino a jugar de matón… y le pegaron un meco. Así de simple.
No se puede defender su comportamiento ni su malacrianza. No puede ser justificado. Hay que ponerle límites a este chamaco.
Y pese a que muchos otros muchachos de la escuela aplaudían su comportamiento, Juanito fue expulsado —como fue expulsado de muchos lugares a lo largo de su vida—, porque nunca le pusieron orden y siguió siendo el mismo chuchinga y matón.
Y cuando la cosa se ponía en su contra, o a él le parecía que así era, asumía el papel del cuita: “la tienen contra mí”, “no me quieren”, “no me dejan trabajar.”
Ya grande, Juanito fue un problema en muchos lugares donde estuvo. Su discurso se centraba en el “no me dejan trabajar”, “la tienen contra mí”, y frases similares. Y cuando tuvo la oportunidad de estar en un puesto público, con su encanto popular y su habilidad para mover masas, logró que muchos lo siguieran y le creyeran. Así fue como logró que todos empezaran a dudar de los pilares del país: de los poderes, de las instituciones, y de cuanto organismo, ministerio, poder o ente autónomo se atreviera a jalarle las orejas.
Alegaba que la Asamblea no le pasaba proyectos —aunque no los presentara cuando podía—. Y cuando alguien trataba de fiscalizarlo, los malos eran los fiscales, así como aseguraba que todos los problemas con los que estaba lidiando en ese puesto, fueron ocasionados por quienes antes ocuparon su silla; y entre hablada de paja y hablada de paja, solo echaba culpas y no resolvía nada.
Cuando alguien quería saber qué hizo o qué no hizo, se dedicaba a minimizarlos y humillarlos en público. Y cuando le recordaban que por estatutos ya no era momento de hablar, se llevaba la mano a la cabeza y hacía todo el drama del “¡me ponen una mordaza!”, en modo telenovela. La verdad es que este niño terminó siendo un problema grande.
Señores papás de Juanito: su hijo fue, es y será siempre un insolente. Su hijo es un malcriado.
Hoy es el matón del barrio, un chuchinga. Y cuando las cosas se ponen feas, también es un cuita. Es alguien que confunde la rudeza con la valentía, la vulgaridad con la sinceridad, y el berrinche con liderazgo.
Yo estoy absolutamente en contra de pegarle a los niños, pero tal vez una nalgada en su momento hubiera podido salvar a toda una nación. Y de haber sido así, esas nalgas hubieran sido solo un daño colateral. Y hasta donde tengo entendido, hay quienes dicen que los daños colaterales no son tan importantes.