He escuchado con atención los discursos de la candidata que representa el continuismo del actual gobierno. En ellos, con voz firme, promete todo lo que va a hacer cuando sea presidenta. Y cada vez que la escucho, me pregunto si ella misma nota lo que en realidad está diciendo. Porque sin darse cuenta, su discurso se convierte en la lista de todo lo que este gobierno no hizo, no pudo hacer o no supo hacer.
Cuando una candidata habla de lo que va a corregir, de los cambios que impulsará, de las mejoras que llevará a cabo, lo que en el fondo está haciendo es reconocer, aunque no lo diga abiertamente, que hay cosas que se hicieron mal. Pero si dice ser la continuidad de este gobierno, ¿no es entonces su propio discurso una crítica velada al presidente que dice admirar y continuar?
Cada promesa es una confesión. Cada “vamos a mejorar” es, en realidad, un “no lo hemos hecho bien”. Cada “vamos a resolver” es una admisión de que algo está sin resolver. Y eso, en un discurso de continuidad, suena como querer avanzar con el freno puesto.
No se puede ser al mismo tiempo herencia y renovación. No se puede hablar de corregir un rumbo mientras se promete seguir en la misma dirección. El continuismo, en este caso, se vuelve un espejo que refleja sus propias contradicciones: dice “seguiremos igual”, pero promete “hacerlo distinto”.
Y lo más curioso es que mientras la candidata enumera todo lo que hará, uno no puede evitar pensar que lo que está diciendo, sin querer, es lo que el gobierno actual no logró hacer.
Así, cada punto de su plan se convierte en una especie de confesión indirecta de ineficacia, y cada palabra de esperanza en una sombra que apunta hacia atrás.
El discurso del continuismo, entonces, se vuelve su propio enemigo. Porque mientras intenta convencer de que hay que continuar, termina dejando claro por qué no deberíamos hacerlo.