PEDRADAS EN LA CALLE

Ciertamente, en los últimos tres años y medio, la calle costarricense se ha vuelto un campo de batalla.

Un campo de palabras hirientes, de insultos, de ofensas.

No entre partidos políticos propiamente, sino entre dos grandes bandos: los del continuismo y los del resto.

Pedradas van, pedradas vienen.

Y el tono, hay que decirlo, ha sido marcado desde arriba.

A mi criterio, buena parte de esta efervescencia proviene del estilo del señor presidente.

Un tono que él ha utilizado en cadenas nacionales y reportes semanales, y que su pueblo ha adoptado con entusiasmo, creyendo —con cierta lógica— que esa es la forma correcta de expresarse.

El problema es que no lo es.

Y mucho menos lo es para quien ocupa la silla presidencial.

Él ha proyectado una imagen de hombre de pueblo, con un lenguaje fuerte, desafiante, incluso vulgar en apariencia.

Pero todos sabemos que no lo es.

Es un hombre preparado, educado, inteligente, y que sabe exactamente lo que hace.

Esa es su estrategia, y le ha funcionado.

Le ha dado popularidad, conexión, votos.

Y eso —nos guste o no— es parte de su éxito.

Pero quienes lo imitan no corren con la misma suerte.

A ellos sí se les nota el esfuerzo, y en lugar de parecer auténticos, resultan vulgares y, peor aún, ridículos.

Porque hay una gran diferencia entre ser genuino y copiar el personaje de otro.

Mientras tanto, la calle se ha vuelto peligrosa —metafóricamente hablando—.

Los insultos vuelan como piedras, las indirectas caen como granizo.

Y uno camina sintiendo que en cualquier momento le puede caer un golpe verbal, una ofensa gratuita.

Entonces, de pronto, ves un local de campaña y decidís refugiarte.

Entrás al de doña Claudia Dobles y su equipo, y ahí sentís paz.

Salís y avanzás, y otra vez los gritos.

Luego encontrás el de Ariel Robles, te metés y volvés a respirar.

Después el de don Eli, el de don Álvaro, el de Natalia, el de doña Laura…

Y, curiosamente, en cada uno de ellos encontrás algo que afuera parece haberse perdido: serenidad.

Esa es la metáfora.

La calle está llena de ruido, de polarización, de furia; pero dentro de los partidos —de momento— todavía hay una línea de respeto.

Todavía se puede hablar, escuchar, intercambiar ideas sin ofender.

Y eso, aunque parezca poco, es una esperanza.

Bueno, más o menos…

El equipo de Ariel Robles a veces recurre a la burla, un poco grotesca, pero en general mantiene también un tono de paz.

Mi esperanza es doble:

que los ánimos de la calle se calmen, se apacigüen, y que los de los partidos no tomen efervescencia.

Ya veremos cómo nos va cuando cierto bulto —diría mi abuela— regrese de su periodo de recuperación.

Hago un llamado a los candidatos presidenciales para que mantengan el decoro y la altura.

No hagan que nos matemos entre todos.

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