Cuando se ataca al mensajero

En Costa Rica hemos llegado a un punto en el que ya no se discuten las ideas, se destruye a quien las dice.

Cada vez que alguien expresa una opinión distinta o hace una observación crítica, el sistema —desde las instituciones hasta los seguidores más fervientes del poder— responde con el mismo reflejo: desacreditar al mensajero. Si no pueden desmontar el mensaje, lo ensucian; si no pueden refutarlo, lo ridiculizan; y si no pueden callarlo, lo convierten en enemigo.

Esa táctica, tan vieja como el autoritarismo, tiene un propósito claro: anular la credibilidad de quien habla para que nadie escuche lo que dice. Y lo más triste es que ya no hace falta que lo ordene nadie. Los seguidores lo hacen solos, como si defender a un líder o a un gobierno significara atacar a todo el que piensa diferente.

Así, se va perdiendo algo más valioso que una conversación: se pierde la capacidad de pensar en conjunto.

Porque cuando el país se acostumbra a desoír ideas solo por su origen, deja de ser una democracia activa para convertirse en un coro obediente.

Criticar no es traicionar. Cuestionar no es odiar. Pensar diferente no es un delito.

Pero hoy, desde el poder y sus ecos, se castiga la disidencia con etiquetas, insultos y burlas. Y eso, sin darnos cuenta, debilita la fibra moral de nuestra libertad.

El verdadero peligro no es quien levanta la voz, sino el silencio que queda cuando todos los demás tienen miedo de hacerlo.

Por eso, antes de señalar a quien habla, escucha lo que dice. Tal vez ahí esté la verdad que nadie se atreve a nombrar.

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