Ejercicio para apaciguar el ser interior

¿Cómo caemos en la trampa “de la vida”?

Estamos muy contentitos con todo, silbando y tarareando una canción, y empezamos a navegar por las redes sociales. De pronto aparece uno de esos comentarios, sin sentido, de alguien que —según nosotros— no tiene la menor idea de lo que está hablando; que parece, según nosotros, que nada ha entendido, y creemos que personas como esta ponen en peligro la seguridad y estabilidad del país.

Y listo, ya estamos enganchados. Nos han enganchado. Nos ha pegado a esto, y a partir de ese momento sentimos una necesidad incontrolable de exponerle nuestro punto de vista. Pero muchas veces, muchas, el solo decirlo —usando palabras bonitas, aunque no sean las mejores— ha abierto la caja de Pandora; entendiendo por “caja de Pandora” el más profundo de los excusados, o tal vez un hueco, y empezamos a recibir no solo las moscas, sino la podredumbre que en esa persona hay, que viene, muy probablemente, del mismísimo corazón, de lo que tiene, de lo que genera y de la forma en que lleva la vida.

Pero como estamos enganchados, pedimos respeto y tratamos de usar las mismas lindas palabras para pedir que cambie el vocabulario, que entienda el punto y que no use ese léxico con nosotros. Y eso hace que ese excusado llame a sus cuates, y de pronto estamos frente a una manda de esos centros de podredumbre, que nos hacen vivir una experiencia que nunca habíamos experimentado.

¿Qué hacer para salir de ese trance?

Nuestras capacidades para dejar de responder o para volver a la calma ya están comprometidas. Y aunque conscientemente quisiéramos apagar el internet, nuestro subconsciente —como un jugador que va perdiendo en el casino— cree que con unas moneditas más, o unas palabras extra, lograremos bajar el ritmo y recuperar el control. Pero no. No es así. Ya no tenemos la capacidad de apaciguar el ser interior con tanta facilidad.

Mi recomendación es simple:


En ese momento, en medio de la ofuscación, detenete solo unos segundos. Los suficientes para cerrar los ojos e imaginarte la escena desde arriba.

Imaginá que hay dos sillas, una frente a la otra. En una estás vos sentado, y en la otra está el tipejo —o la tipeja— que está debatiendo con vos y que te tiene encerrado en esa jaula a la que nunca quisiste entrar.

Estando vos disociado de tu cuerpo, viendo la escena desde afuera y analizando el panorama, pensá qué es lo mejor que podés hacer, porque estando afuera, observando todo, ya no estás enganchado en el conflicto.

Una vez que sabés qué es lo mejor, acercate a tu yo que está en la silla, y sin entrar todavía en su cuerpo, susurrale al oído lo que te parece que debe hacer: cómo responder, si responder o no, si apagar la pantalla o seguir. Lo que te parezca más sabio.

Abrazá desde tu yo de afuera al yo de la silla. Dale paz y tranquilidad. Y una vez que veas que se ha calmado y que ha decidido qué hacer, entonces sí, entrá de nuevo en su cuerpo y ejecutá la acción, trayendo contigo la serenidad que lograste cuando estuviste fuera.

Celebrar la calma

Una vez que has logrado ejecutar la mejor acción, la que considerabas más sabia, y sabiendo que has apaciguado tu ser interior, celebrá.

Sí, celebrá; porque tu subconsciente acaba de aprender una nueva forma de actuar ante estos momentos tan difíciles, y merece un premio. Así, cada vez le resultará mucho más fácil ejecutar la acción, como si fuera un macro, un patrón o una plantilla emocional.

Llegará el momento en que ya no necesités disociarte —es decir, salir de tu cuerpo en la imaginación—, sino que vos mismo serás tu propio pacificador, tu coach, tu consejero o como querás llamarlo.

¿Y cómo celebrar?

No sé, eso depende de vos. Puede ser con un chocolate, con un abrazo, con una palmadita, con un bailecito. No sé; pero que tu subconsciente entienda que ha hecho algo bueno, y que quiera repetirlo.

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