El poder de construir… o de arrasar

Hay presidentes que nacen con un don especial.

Tienen el arrastre, la fuerza del verbo, el magnetismo que despierta multitudes. Poseen la inteligencia para leer el pulso emocional del pueblo y convertirlo en discurso, en acción, en movimiento. Si usaran ese poder con equilibrio, serían líderes sobresalientes.

Un presidente así podría haber pasado a la historia como alguien capaz de unir a un país, de devolverle la confianza en sus instituciones y de demostrar que el liderazgo no está en la voz más fuerte, sino en la mente más clara.

Tenía todo para construir.

Pero hay quienes, en lugar de construir, eligen arrasar.

Y cuando eso sucede, me viene a la mente la imagen de los enjambres de langostas: criaturas extraordinarias, perfectamente coordinadas, que viajan juntas con una fuerza incontenible… pero cuya naturaleza no es sembrar, sino devorar.

Las langostas no actúan por maldad, ni por estrategia. Actúan por instinto. Donde ven verde, arrasan; donde hay vida, dejan sequía. Si esas mismas langostas tuvieran la conciencia de sembrar, serían la especie más poderosa del planeta. Pero su fuerza las traiciona, porque no saben detenerse.

Así ocurre con ciertos líderes. Su energía podría transformar un país, pero su impulso de dominio lo consume todo. Y mientras la gente aplaude su ímpetu, el suelo se va quedando vacío. No de árboles, sino de instituciones; no de hojas, sino de confianza.

Costa Rica —y cualquier nación— no necesita enjambres.

Necesita jardineros.

Porque lo verdaderamente sobresaliente no es el poder de destruir con fuerza, sino la sabiduría de construir y dejar vida después del paso.

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