
Hay algo curioso en la forma en que muchas personas que defienden el continuismo hablan últimamente.
Usan siempre el plural.
“El pueblo quiere”, “nosotros sabemos”, “el soberano ha decidido”, “el ochenta por ciento está con nosotros”.
Y uno se pregunta: ¿dónde quedó el yo? ¿En qué momento se les prohibió pensar o hablar en singular?
Esa costumbre de hablar como enjambre, como si todos estuvieran conectados a un mismo cable de pensamiento, tiene algo inquietante. Porque quien ya no se atreve a decir “yo opino” y necesita decir “el pueblo opina”, ha renunciado a la responsabilidad de pensar por sí mismo. Es más cómodo esconderse detrás de un “nosotros” que puede significar cualquier cosa.
Y lo curioso es que ese plural se usa como argumento de autoridad: “somos muchos”, ergo “tenemos razón”. Pero la cantidad no convierte una idea en verdad. Un error repetido por miles de voces sigue siendo un error. Un acto injusto celebrado por multitudes sigue siendo injusto.
Hablar en plural da la ilusión de fuerza, pero también esconde miedo.
Miedo a quedar solo, miedo a pensar distinto, miedo a no pertenecer al coro.
Y ahí es donde empieza la trampa del fanatismo: cuando el individuo se disuelve en la masa y deja de usar la razón para usar la consigna.
Yo —sí, yo— prefiero hablar en singular.
Prefiero decir “yo creo”, “yo dudo”, “yo cuestiono”.
Porque cuando el pensamiento se vuelve colectivo sin reflexión individual, ya no estamos ante una democracia: estamos ante un rebaño con micrófono.
Pensar en singular no es egoísmo. Es el primer paso para poder dialogar en plural.
Pero mientras sigamos oyendo a tantos que hablan de “el pueblo”, “el soberano” y “los costarricenses” como si fueran suyos, la democracia no estará en la voz de todos… sino en la garganta de unos pocos que aprendieron a gritar más fuerte.