El intento de convencer al que no se convence

Hace unos días recibí una llamada curiosa.

Era una persona que, con voz amable y tono paternal, intentó convencerme de abandonar la campaña Apacigua tu ser interior para que Costa Rica pueda respirar en paz.

Me decía que el desprecio que tengo hacia este gobierno —según él— no deja nada bueno. Que debería comportarme de otra manera, más prudente, más “constructiva”.

Ese argumento, por supuesto, no le sirvió.

Entonces cambió de táctica.

Me dijo que mis constantes ataques hacia doña Laura Fernández (los cuales no existen) lo único que hacían era fortalecerla.

Curioso. Porque yo no hablo mal de doña Laura.

De hecho, he hablado bien de ella en más de una ocasión.

Pero según él, cada vez que publico un artículo crítico sobre el gobierno, lo que hago es darle poder.

Y ahí fue donde la conversación se puso interesante.

Porque lo que intentaba no era debatir, era programar.

Usó una de esas frases típicas del lenguaje hipnótico de Milton Erickson, muy conocido en programación neurolingüística: un intento de llevarme, suavemente, a creer que si sigo escribiendo, fortalezco aquello que critico.

Pero hay un pequeño detalle: yo soy coach y he concluido mi máster en PNL. Es decir, estaba frente a alguien que intentaba hipnotizar al hipnotizador.

Entonces le pregunté:

—Si vos creés que cada vez que critico al gobierno le doy fuerza a doña Laura, y vos vas con doña Laura… entonces te conviene que yo siga escribiendo. ¿Por qué querés que deje de hacerlo?

Silencio al otro lado de la línea.

Evidentemente no le gustó su propia lógica.

Y para cerrar con broche de oro, lanzó la última carta del manual de manipulación emocional:

—Yo sé que muy dentro de vos sabés que tengo razón, pero no querés aceptarlo.

Ahí confirmé lo que sospechaba: no era una conversación, era una inducción.

Una pequeña muestra de cómo algunos pretenden cambiar la percepción de los demás con frases diseñadas para saltarse el pensamiento crítico y entrar directo al subconsciente.

Interesante, sí.

Preocupante, también.

Porque hay quienes, sin darse cuenta, caen en esos juegos de lenguaje y terminan creyendo que lo que sienten no es suyo, sino implantado por la voz más persuasiva.

Por suerte, mi ser interior está apaciguado.

Y cuando alguien intenta manipularme, lo escucho con calma, le agradezco su intención, y pienso: qué interesante recurso… pero conmigo no funcionó.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio