
Decía una parte de la letra del himno nacional que cantamos en la conmemoración de hoy, y las lágrimas brotaron en mí, porque creo que nunca antes en mi vida había estado “valiente y viril” como ahora, desde Facebook y con ustedes, tratando de rescatar la patria desde la palabra, desde la conciencia y desde la calma.
7 de noviembre, Día de la Democracia Costarricense. Fui invitado a la conmemoración en el Colegio Humboldt, en Rohrmoser. Muy bien organizado, con personas importantes e influyentes del mundo político y académico de nuestro país. Estaba la prensa, los estudiantes, y un público atento, consciente de lo que este día significa.
Los panelistas eran Armando Vargas —escritor e historiador, quien me invitó y me pidió escribir el texto sobre la democracia para este acto—, Marjorie Ross, escritora de una sensibilidad inmensa y premio Magón; Marielos Alfaro, especialista en comercio exterior; y José Zaglul, rector emérito de la Universidad EARTH, con quien espero seguir teniendo contacto. Cuatro voces que representaban distintas visiones del país, pero unidas por una misma intención: recordar que la democracia no se hereda, se cultiva.
El público estaba atento, escuchando lo que tenemos que celebrar y conmemorar, pero también lo que tenemos que hacer para lograr que muchas personas voten en estas elecciones. Al terminar la conferencia, subí al escenario un momento para hablar con los panelistas y decirles que la importancia de las próximas elecciones empieza hoy. Es desde hoy. Es desde ahora que tenemos que eliminar la efervescencia que hay en el ambiente y motivar a las personas a ir a votar con serenidad, no con enojo. No se trata solo de pedirles el voto el día de las elecciones, sino de despertarles desde ahora las ganas de participar, el deseo de defender lo que somos.
Cuando me acerqué a los panelistas, intercambié unas palabras con ellos, y lo más interesante fue que, antes de presentarme, doña Marjorie Ross me reconoció. Me dijo que era un gusto conocerme, y fue muy bonito. Al final les pedí que nos tomáramos una foto —la que acompaña este artículo—, y cuando les pregunté si podía hacerlo, el señor Zaglul respondió: “al contrario, somos nosotros los que quisiéramos pedírsela a usted”, o algo similar.
Me encantó. Me encantó ser reconocido, y no por vanidad ni por ego, sino porque veo que mis palabras —esas que nacieron de esta campaña ciudadana de apacigua tu ser interior y de mis textos para rescatar la nación— han hecho mella, han sido escuchadas en diferentes niveles de la sociedad costarricense.
Fue un día lleno de gratitud y esperanza. Porque si algo aprendí en ese encuentro es que la democracia se defiende no solo con votos, sino con respeto, conciencia y compromiso. Y que cuando alguno pretenda manchar la gloria de Costa Rica, hay que responderle con la serenidad del alma y la firmeza del espíritu.
Me hicieron dos entrevistas, hablé con Arnaldo Moya, conocido historiador y escritor, de quien recibí cumplidos que me llenaron mucho, y con doña Ileana Mateo, así como con algunas periodistas, la hija de Inés Sánchez de Revuelta y saludé a Rolando Araya.
Algunas personas querían fotos conmigo, y un señor se acercó y me preguntó mi nombre; al escuchar mi apellido, llamó a unas señoras amigas de él diciéndoles: “sí, sí es, es el señor Jarquín”. Fue emocionante, divertido y, a la vez, algo intimidante.
Pero lo más fuera de lo normal fue que, mientras caminaba por la acera hacia el auditorio del Humboldt, noté que las puntas del cuello de mi camisa estaban desabotonadas. Traté de solucionarlo y logré abotonar una, pero no la otra. Solo me quedaba soltar la que sí había logrado.
¿Cuántas veces en la vida hemos llegado solo hasta la mitad del camino? Un botón abrochado y el otro no. Un logro alcanzado y otro pendiente. Y al encontrarnos con la dificultad, vemos que el resto parece demasiado complicado, y queremos devolvernos.
Pero es justamente en esos momentos cuando hay que tomar fuerza y pedir ayuda.
Ahí estaba yo, caminando por la acera del Colegio Humboldt, en Rohrmoser, con un pantalón gris de flores que delataba mi oficio de diseñador y artista plástico, una camisa blanca con ribetes negros, bien planchada y elegante —aunque una de las puntas del cuello estaba suelta—, y un saco oriental comprado en la bahía de Hong Kong. Realmente, me veía bien.
Mientras caminaba, pensé: “¿Suelto el botón que ya logré, me devuelvo y abandono la misión, o sigo adelante y pido ayuda al universo?”. Y elegí pedir ayuda.
Me topé con una pareja joven que salía del colegio y se dirigía hacia su carro. Tendrían entre veintimuchos y treinta y pocos años. Los saludé y les dije: “Dicen que cuando uno necesita ayuda, tiene que pedírsela al universo”. Viéndola a ella de frente, le comenté: “No puedo abotonar el cuello de la camisa, ¿me podrías ayudar?”. Antes de que ella respondiera, él dijo: “Con mucho gusto”. Caminó hacia mí, tomó con cuidado el cuello de mi camisa, lo acomodó y lo dejó perfecto. Ella, sonriendo, agregó: “Nada más acomode el cuello, acomode el cuello”.
Les agradecí, nos despedimos y seguí mi camino.
Y ahí comprendí algo profundo: a veces el universo no nos manda soluciones, nos manda manos. Nos manda gente. Nos manda gestos. Nos manda pequeñas señales de que seguir vale la pena.
Porque la vida no se trata de caminar impecables, sino de avanzar, incluso cuando algo —como un botón o un cuello suelto— nos recuerda que la perfección no es necesaria para seguir siendo elegantes.