
Cuando el presidente sale diciendo algo, el país se divide en segundos. Un grupo grita “¡es cierto, es cierto!” y el otro responde “¡es mentira, es mentira!”. Y así vivimos, atrapados en un eco constante donde ya nadie escucha, solo reacciona.
El presidente habla, y antes de que termine la frase, ya hay quienes lo aplauden con fe ciega y quienes lo rechazan con la misma intensidad. Unos lo defienden como si fuera un mártir; otros lo atacan como si fuera un demonio. Nadie se detiene a analizar, a contrastar, a escuchar con serenidad. Solo hay reflejos automáticos, gritos instantáneos, respuestas predecibles.
Y entonces, los que gritan “¡es mentira!” les dicen a los otros: “a ustedes los están domesticando, les están lavando el cerebro”. Pero si eso fuera cierto, tendría que serlo para los dos lados. Porque, seamos honestos: si cada vez que el presidente dice algo un grupo repite “sí” sin pensar y otro grupo repite “no” sin pensar, entonces el lavado es general. El país entero está siendo domesticado por el reflejo, no por la razón.
Cuidado con eso. Porque hay un grupo que no tiene la capacidad, ni la inteligencia, ni el discernimiento para ver las culpas del presidente. Pero también hay otro grupo que no tiene la capacidad, ni la inteligencia, ni el discernimiento para aceptar que a veces el presidente dice algo cierto.
Ambos están atrapados en el mismo ciclo emocional: reaccionan, no reflexionan. Y mientras tanto, el país se va partiendo en pedazos. Ya no importa la verdad, importa la tribuna. Ya no importan los hechos, importan las emociones. Y lo más peligroso: ya no importa el bien común, sino el placer de tener razón.
Estamos siendo desestabilizados, sí, pero no solo desde el poder. Nos estamos desestabilizando nosotros mismos. Cada comentario impulsivo, cada frase compartida sin pensar, cada juicio lanzado sin verificar, alimenta el ruido que ahoga la razón.
No todo lo que dice el presidente es falso, ni todo lo que dicen sus críticos es verdad. El país no necesita más creyentes ni más enemigos; necesita más oyentes, más lectores, más ciudadanos capaces de pensar por sí mismos.
Porque si seguimos gritando unos “¡es cierto!” y otros “¡es mentira!”, al final nadie sabrá qué fue verdad.
Y cuando llegue ese punto, ya no será él quien haya destruido el país. Seremos nosotros, por haber renunciado a pensar.
En resumen, no sé de qué lado estás, pero te recomiendo que cuando oigas o veas algo, esperes con humildad, hasta estar seguro de que sea cierto o de que no lo sea.