
Resulta que estaba en un restaurante. El menú de comidas era extenso. La primera pregunta fue: ¿qué me cómo? Pasé las páginas del principio al final y del final al principio sin saber qué quería. Entonces tomé una decisión. ¿Quiero mariscos, quiero carnes o quiero pastas? De acuerdo, quiero carne. Listo. Deseché los mariscos y las pastas. Entré al apartado de carnes. ¿Qué quiero? ¿Res o cerdo? Bien, quitamos los cerdos —que, por cierto, la metáfora funciona— y me quedo con la res. Escogí mi plato, comí y todo salió bien.
Después llego a casa y me encuentro con veinte candidatos a la presidencia de la República. Mi cabeza da vueltas, no sé a quién elegir. Entonces repito el mismo método. Primero, separo a los candidatos en tres grupos grandes. Desecho dos y me quedo solo con uno. Con ese grupo empiezo a pensar. ¿Quiero “cerdos” o quiero el resto? Me quedo con el resto.
De esos, selecciono tres. Tres candidatos que me parezcan posibles, coherentes, preparados. A esos tres los sigo con atención, los escucho, leo sus mensajes, comparo sus propuestas, sin fanatismo y sin insultos. Los observo con paciencia y respeto, sabiendo que cualquiera de los tres podría ser mi elección final. Poco a poco, descarto uno, descarto otro, y cuando llegue el día, votaré con orgullo, con serenidad, con el ser apaciguado.
Porque escoger no debería ser un tormento ni una guerra. Escoger es un acto de conciencia. No se trata de gritar quién tiene la razón, sino de escuchar quién tiene corazón y capacidad para guiar al país. En democracia, todos elegimos, pero solo los que piensan con calma pueden elegir con sabiduría.
Apacigua tu ser interior, para que Costa Rica pueda respirar en paz. Por cierto, descarté las aves en el restaurante, porque a los muy pollitos… les falta madurar