Golpe de ejecutivo

Había que llamarlo por su nombre: lo que ahora se vive tiene la forma y el olor de un golpe, aunque no lleve fusiles ni tanques. Cuando el poder ejecutivo empieza a definir que cualquier fiscalización, cualquier pregunta o cualquier intento de control es “un golpe”, está construyendo la narrativa que justifica el atropello. Y cuando esa narrativa se traduce en amenazas explícitas —retirar prórrogas, ordenar apagones, presionar para cambiar reglas fundamentales—, lo que se está haciendo es asestar un golpe desde la cima, un golpe que no entra por las puertas del Congreso sino por el despacho presidencial, con decretos, con presión mediática y con la intención de acallar al que vigila.

En ese escenario, el Tribunal Supremo de Elecciones aparece como lo que debió ser siempre: un guardián. No es un héroe nuevo ni una figura mítica que surge de la nada; es la institución que los padres de la patria dejaron para proteger la vida democrática cuando alguno pretendiera pisotearla. Hoy el TSE actúa y se pone entre la gente y la arbitrariedad; lo hace cumpliendo la letra de la Constitución, no por capricho. Y eso merece reconocimiento, porque la historia nos muestra que las democracias no se sostienen solas: alguien tiene que sostenerlas cuando los que detentan el poder confunden su apetito con el bien común.

No minimices lo que sucede. Cuando un presidente habla de “golpe” cada vez que alguien le reclama cuentas, está invirtiendo la lógica: la fiscalización se vuelve herejía y la opinión libre se convierte en conspiración. ¿Qué ocurre entonces con la prensa que señala, con las voces críticas que investigan y con los medios comunitarios que informan? Quedan expuestos a medidas que buscan silenciarlos, a precios que los excluyen del mercado y a una campaña que los desacredita como “ruido” o “enemigos”. Eso no es modernidad ni eficiencia: es limpieza autoritaria con etiqueta tecnológica y despacho ejecutivo.

No, doña Laura, no. Si crees que te vamos a votar con la cantaleta del continuismo servida en bandeja, piénsalo otra vez. Los que hoy aplauden la maquinaria no saben que el poder cambia a quien lo posee; y los que creen que te entregan un cheque en blanco podrían despertar siendo los burlados. Cuidado, votante que apoyas la continuidad: entregar la presidencia sin certezas sobre la lealtad es dar un salto a ciegas. Porque al final, no todas las chanchadas se hacen en el barro —y no hace falta estar sucio para ser un sucio.

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