
Según las estimaciones más recientes, doña Laura ronda el 25% del apoyo electoral. Eso significa que hay un 75% del electorado disponible, que se reparte entre el resto de los candidatos. Es decir, tres de cada cuatro costarricenses no están comprometidos con el continuismo.
Si doña Laura no llega al 40% necesario para ganar en primera ronda, las probabilidades de que dos candidatos alcancen esa cifra son prácticamente nulas. Pero imaginemos un escenario hipotético: doña Laura llega al 39% y pasa a segunda ronda frente a otro candidato —digamos, don Álvaro Ramos o doña Claudia Dobles—. En ese caso, la historia sería clara: el continuismo desaparecería, porque el 75% restante se volcaría, sin grandes esfuerzos, hacia quien represente el cambio.
Ahora bien, podría ocurrir algo distinto. Supongamos que doña Laura se queda en un 30%. Ese 70% que queda se divide entre los demás, y si don Álvaro y doña Claudia concentran la mayor parte, serían ellos quienes pasarían a la segunda ronda. Y entonces tendríamos las elecciones que Costa Rica merece: unas elecciones de altura, limpias y centradas en propuestas, no en rencores ni en ruidos.
Según mis estimaciones —irresponsables y con poca base, lo admito— tenemos amplias posibilidades de eliminar al continuismo, ya sea en la primera o en la segunda ronda, siempre y cuando los votantes no se limiten a elegir por afinidad personal sino que empiecen a pensar estratégicamente: votar por el candidato propio cuando ese voto ayude a concentrar la mayoría contra el continuismo. Me comentaban hoy que, si se da ese vuelco, doña Laura podría perder las elecciones, don Rodrigo podría perder la inmunidad y, en consecuencia, enfrentarse a procesos legales una vez deje la banda presidencial. No soy jurista, no doy fe de procedimientos ni de tiempos; solo apunto a la lógica política y a las posibles consecuencias que derivan de un cambio claro en la correlación de fuerzas.
El destino de Costa Rica no está en manos de un 25%, sino del 75% que aún puede decidir si este país sigue gobernado por el ruido o vuelve al diálogo. La decisión, como siempre, será de la gente.