¿Quiénes siguen a Laura? El perfil psicológico del votante del continuismo “suave”

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Serie: El fenómeno Chaves–Fernández

El mapa emocional: la radiografía de un país dividido

Cuando intentas comprender al votante de Laura, es esencial no confundirlo con el votante de Rodrigo. No tienen el mismo corazón, ni la misma energía, ni la misma intensidad emocional, pero sí forman parte de un mismo fenómeno: una continuidad afectiva que nace del chavismo, se sostiene en la figura de Rodrigo y se proyecta en el rostro de Laura. Este votante es más complejo de lo que parece a simple vista; no es fanático, pero sí está atrapado en una narrativa emocional muy cuidadosamente construida. Para entenderlo, hay que observar con atención las capas de miedo, necesidad, pertenencia y estabilidad que definen su conducta electoral.

Una parte importante lo conforman personas que no aman a Laura, pero aman la idea de “continuidad sin caos”. Laura no genera devoción, no inspira fervor y no conecta con la fuerza emocional que conecta Rodrigo. Sin embargo, para muchos ella representa algo que les da una tranquilidad muy valiosa: la sensación de que el país no va a cambiar de golpe. Son personas que temen la incertidumbre, que prefieren un mal conocido antes que un cambio que no saben si podrán manejar. Para ellas, Laura suena a “sigamos por aquí nomás”, y en tiempos de ansiedad colectiva esa sensación de estabilidad es más poderosa que cualquier propuesta racional.

Otro grupo es enorme: personas que quieren profundamente a Rodrigo, pero no pueden votarlo. Le tienen cariño, admiración o fe, pero no está en la papeleta. Entonces Laura se convierte en una sustituta emocional, en la heredera del enojo, en la sucesora de la furia, en la depositaria del resentimiento. No votan por ella: votan por él a través de ella. Es un voto prestado, no un voto convencido, y por eso funciona con una facilidad que sorprende. En PNL, esto se llama transferencia emocional: la energía afectiva hacia una figura se redirige a otra sin necesidad de lógica.

También están quienes siguen atrapados en la narrativa del “pueblo contra las élites”. Ese libreto sigue vivo, solo que ahora lo ejecuta otra vocera. Laura se convierte en la mensajera dócil de un discurso que no escribió, pero que le permite a cierto votante sentir que continúa siendo parte de una rebelión simbólica sin cargar con el nivel de confrontación que implicaba apoyar directamente a Rodrigo. Es la rebeldía higiénica del continuismo: la sensación de protesta, pero sin ensuciarse emocionalmente.

Existe además un sector que siente una profunda culpa emocional ante la idea de “abandonar a Rodrigo”. En todo movimiento populista, el líder funciona como padre simbólico, protector emocional y salvador imaginado. Cuando se crea ese vínculo afectivo, dejar de apoyar al líder se percibe casi como traición moral. Votar por Laura se convierte en una forma de cumplir con él, incluso si ella no tiene el mismo peso carismático. Es una lealtad disfrazada de decisión política.

Otro grupo llega desde el cansancio: personas agotadas de los escándalos de la política tradicional. Quieren algo distinto, aun si ese “distinto” es solo un envoltorio vacío. Laura funciona como un antídoto simbólico contra lo viejo, aunque no represente realmente una alternativa. Es el deseo de cambio superficial que se sostiene más en la apariencia que en el contenido.

Encuentras, también personas con baja alfabetización política pero una enorme necesidad de pertenecer. No distinguen ideologías ni programas, pero sí distinguen quién está contra quién, quién habla fácil, quién habla “como los míos”. Para estas personas, el voto por Laura es un voto tribal, una decisión guiada por identidad y grupo, no por propuesta.

Luego están las personas que buscan estabilidad, aunque sea ficticia. No quieren el caos de Rodrigo, pero tampoco quieren enfrentarlo. Laura es la versión tranquila del mismo proyecto: la que no grita, la que no amenaza, la que parece ordenada. Pero debajo de esa calma siguen intactas las mismas ideas, solo que presentadas en un tono más digerible. Es el deseo de paz sin renunciar al conflicto que la alimenta.

Otro grupo importante es el que simplemente piensa que “Laura no puede ser tan mala”. Son votantes movidos por la simpatía, la compasión y la victimización. Ven que la atacan mucho y sienten lástima. Piensan que quizá no la dejan hablar, que tal vez es mejor de lo que dicen, o que es injusto el trato que recibe. No la eligen por convicción, la eligen por ternura. Y la ternura, en política, es un hilo peligrosamente manipulable.

Finalmente, están quienes se dejan guiar por la emoción colectiva. No investigan, no comparan, no cuestionan. Siguen la ola. Sienten que mucha gente la va a votar, ven encuestas infladas y creen que eso significa seguridad. Son seguidores de narrativa, no de proyecto, y la narrativa del continuismo está perfectamente diseñada para ellos.

Al final, la conclusión es incómoda pero inevitable: el votante de Rodrigo sigue al líder. El votante de Laura sigue la idea del líder. Rodrigo es el fuego. Laura es el humo. El fuego quema; el humo asfixia. Los dos hacen daño, pero lo hacen de formas distintas, y entender esa diferencia es fundamental para comprender el verdadero alcance del continuismo emocional.

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