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Serie: El fenómeno Chaves–Fernández
El mapa emocional: la radiografía de un país dividido
Si Laura gana la presidencia, Costa Rica entrará en un escenario muy diferente al que muchos imaginan. No porque ella tenga un proyecto propio, definido o sólido —porque no lo tiene—, sino porque su eventual triunfo representaría la continuidad emocional del populismo mucho más que una visión clara del país. Y eso, cuando lo analizas con serenidad, es lo que realmente importa. El poder político formal no siempre coincide con el poder emocional, y aquí el segundo pesa muchísimo más que el primero.
Lo primero que ocurriría es la prolongación del clima que ya vivimos: división, ruido, confrontación permanente, manipulación emocional y debilitamiento constante de la institucionalidad. No importa quién ocupe la silla presidencial; importa quién maneja la narrativa nacional. Y la narrativa —la verdadera, la que mueve corazones, miedos, esperanzas y rabias— no viene de Laura. Viene de Rodrigo. Él es la fuente emocional del proyecto. Ella apenas lo refleja.
La mayoría de las personas que apoyan a Laura no lo hacen por ella, sino por la idea de continuidad del hombre al que admiran. Ella no es una líder que moviliza masas; es un símbolo que activa el recuerdo emocional de otra figura. Gana por reflejo, no por sustancia. Y ahí empiezan los riesgos más serios. Porque un país gobernado desde el reflejo y no desde la claridad cae fácilmente en decisiones impulsivas, comunicadas desde el enojo y justificadas desde la victimización.
Si Laura gana, Costa Rica tendría una especie de “gobierno dual”: una presidenta oficial y un presidente emocional. Uno firmando decretos; el otro dictando la narrativa, marcando el tono y enviando señales de cómo “hay que sentir” la política. Desde el punto de vista de PNL, esa sombra narrativa es peligrosísima, porque quien controla la emoción colectiva controla la percepción de realidad. Y la percepción, en política, siempre gana sobre la evidencia.
Otra consecuencia previsible sería el reforzamiento del discurso populista. Se sentirían invencibles. Para un movimiento emocional, ganar dos veces seguidas no solo valida su estrategia; la convierte en dogma. Aprenden que el insulto funciona, que la humillación funciona, que el ataque a la prensa funciona, que el descrédito institucional funciona. Y cuando alguien cree que una táctica funciona, la repite. Más fuerte. Más agresiva. Más creativa. Más peligrosa.
En el plano internacional, Costa Rica entraría en tensión. La comunidad democrática mundial no miraría a Laura; miraría a Rodrigo, a su estilo, a sus gestos, a la forma en que trata a la prensa y a las instituciones. Un triunfo de su continuidad generaría señales de alerta sobre la salud de nuestra democracia. Aquí puede haber gente que crea que esto es “solo política nacional”, pero afuera no lo verían así.
El mayor riesgo, sin embargo, sería emocional. El país quedaría herido. Quienes no somos del continuismo sentiríamos un retroceso profundo, como si algo esencial se hubiera fracturado: la institucionalidad, la paz social, la confianza entre ciudadanos, la cultura democrática que tanto orgullo nos daba. Nos esperarían cuatro años más de tensiones, insultos, burlas a la educación, desprecio a la cultura y manipulación emocional. Y en ese ambiente, mucha gente se sentiría derrotada al punto de retirarse de la vida cívica.
Pero ahí está lo verdaderamente importante: retirarse sería un error. Si Laura gana, lo único sensato sería unirnos, calmarnos, fortalecernos y volvernos más inteligentes emocional y cívicamente. Nos tocaría organizarnos, conversar más, educarnos más y convertirnos en ciudadanos más lúcidos. Porque Costa Rica nunca ha sido un presidente. Costa Rica ha sido su gente. Y cuando un pueblo despierta, incluso los ciclos oscuros se revierten.
Si Laura gana, no sería un final. Sería un desafío. Uno duro, desgastante y doloroso… pero también uno capaz de sacar lo mejor de quienes creemos que este país vale la pena y merece ser defendido.
