En Costa Rica estamos viendo algo que jamás habíamos presenciado con tanta crudeza: un Presidente que trata con insolencia a la prensa, y un sector del pueblo que, lejos de alarmarse, lo aplaude. Lo celebran, lo repiten, lo justifican. Dicen que la prensa fue irrespetuosa, que lo provocó, que se lo buscó. Pero nadie parece detenerse a pensar que, cuando desde el Ejecutivo se insulta o se deslegitima a los medios de comunicación, lo que se está atacando no es a un periodista: es al derecho del pueblo a estar informado.
La prensa no es perfecta. Se equivoca, se sesga, se apasiona, comete errores y a veces incomoda. Pero en toda democracia es necesaria. Es el espejo que refleja lo que el poder no quiere ver y el micrófono que amplifica lo que el poder no quiere que se escuche. Sin ese espejo y sin ese micrófono, ningún país puede decir que vive en libertad. Cuando un gobernante utiliza su investidura para humillar o ridiculizar a los periodistas, está enviando un mensaje muy claro: que el control le estorba, que la fiscalización le incomoda y que la crítica le amenaza.
Y quizá lo más grave no es ver al Presidente comportarse así, porque ya lo hemos visto una y otra vez. Lo verdaderamente alarmante es ver al pueblo aplaudiendo esa escena. Aplaudiendo la bofetada al periodista. Aplaudiendo el grito. Aplaudiendo el silencio forzado. Aplaudiendo, sin entender, que, si hoy callan a la prensa, mañana no habrá quién le cuente al pueblo lo que el poder hace con su dinero, con sus leyes y con su futuro. Y cuando eso ocurra, será demasiado tarde para reclamar.
El día en que los costarricenses no podamos confiar en que los medios investigan, preguntan o incomodan, ese día perderemos mucho más que la libertad de prensa: perderemos la posibilidad de elegir con conciencia, de pensar con criterio y de decidir con libertad. Porque un pueblo desinformado es un pueblo vulnerable, manipulable y fácilmente gobernado desde la emoción más básica: el miedo.
La democracia no se muere de un golpe. Se muere de aplausos equivocados. De aplausos al que grita. De aplausos al que calla. De aplausos al que se burla del periodista en nombre del pueblo. De aplausos que, sin quererlo, van construyendo una jaula donde la libertad entra caminando y sale en silencio.
Y cuando llegue el día en que ya nadie nos informe, cuando la prensa esté amordazada y el miedo haya reemplazado a la verdad, entonces sí entenderemos lo que significaba aquella frase que hoy muchos desprecian:
“Sin prensa libre, no hay democracia.”