¿Corre riesgo Costa Rica?

En estos meses preelectorales, la conversación pública está más polarizada que nunca. Hay quienes aseguran que Costa Rica está en peligro, y hay quienes creen que está más fuerte que antes. Pero más allá de las emociones, vale la pena detenerse un momento y preguntarse con calma: ¿corre realmente riesgo la democracia? ¿Corre riesgo la institucionalidad? ¿O estaremos a salvo en febrero?

La democracia costarricense no depende de un solo gobierno, ni siquiera de un solo presidente. Depende de un sistema completo que, aunque imperfecto, ha sido capaz de sostener al país durante más de siete décadas. Tenemos instituciones sólidas, una prensa libre que pregunta, aunque incomode, una Sala Constitucional vigilante y un pueblo que —cuando siente que algo no anda bien— se levanta, protesta y participa. Esa ha sido, históricamente, nuestra mayor fortaleza como nación.

Sin embargo, también es cierto que el desgaste institucional se nota. La desconfianza hacia los políticos, el descrédito de los medios, la agresividad en el discurso público y la confusión constante entre “crítica” y “odio” están haciendo mella en la convivencia. Y cuando un pueblo deja de confiar en sus instituciones, abre sin darse cuenta la puerta a los abusos de poder. Ahí es donde la democracia comienza a correr riesgo: no porque alguien la destruya desde arriba, sino porque la descuidamos desde abajo.

Cuando la gente normaliza que un presidente insulte, que un diputado manipule o que un ciudadano ofenda por pensar distinto, estamos debilitando el mismo tejido que nos mantiene unidos. Y no hay decreto, ni reforma, ni milagro que repare eso fácilmente. La erosión emocional de un país no se arregla con discursos; se arregla con cultura democrática.

Costa Rica, de momento, está a salvo. Pero no por obra de un gobierno, sino por la madurez que todavía nos queda como pueblo. La pregunta verdadera es si esa madurez resistirá la presión de las redes, el fanatismo y el cansancio. Febrero será una prueba más. No de quién gana, sino de qué tan despiertos estamos como país.

Si somos capaces de votar con serenidad, respetar el resultado y seguir creyendo en el diálogo, entonces no solo estaremos a salvo: habremos madurado como democracia. Y si no… si seguimos peleando por banderas, insultando en lugar de pensar y creyendo que la patria se defiende con odio, entonces el riesgo no estará en el gobierno, estará en nosotros.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio