Cuando el pueblo convierte al presidente en candidato

Hay un fenómeno curioso que estamos viviendo en Costa Rica y que vale la pena observar con calma. Cuando el pueblo seguidor eleva al presidente al nivel de candidato político, algo se desordena en la conciencia democrática. Muchos de los seguidores del gobierno actual repiten, con razón, que el país arrastra décadas de corrupción: treinta, cuarenta, cincuenta o hasta setenta años. Y es cierto: hemos tenido errores, abusos, negligencias y deudas acumuladas. Pero lo que sorprende es la capacidad de algunos para señalar únicamente hacia atrás, como si el presente no existiera.

Porque el presidente actual no es un candidato recién llegado. Es el presidente en ejercicio. No está por entrar a gobernar: lleva casi cuatro años haciéndolo. Y si la corrupción del pasado es condenable —como lo es—, también deben serlo los actos, las omisiones o las causas que se gestan en el presente. Según datos públicos, el presidente acumula más de cien causas abiertas y, aunque todas deben tratarse con respeto al debido proceso, ese número lo coloca dentro del mismo paquete que él mismo critica. Es decir, si señalamos la corrupción de décadas anteriores, con la misma vara debemos medir a quien hoy ostenta el poder. No se puede ser juez del pasado y víctima del presente al mismo tiempo.

Lo más inquietante es la elasticidad del discurso según la conveniencia. Cuando se habla de problemas estructurales, de atraso, de inseguridad o de estancamiento nacional, muchos seguidores del gobierno dicen: “eso es culpa de los gobiernos anteriores”. Pero cuando se habla de logros, entonces sí, es mérito absoluto del actual mandatario. Y cuando se mencionan las causas judiciales, la respuesta automática es: “a este presidente no lo han dejado trabajar”. Es una lógica peligrosa porque transforma al líder en mártir y al seguidor en creyente. Y la democracia no necesita feligreses: necesita ciudadanos.

Costa Rica enfrenta desafíos reales: narcotráfico fortalecido, educación en retroceso, salud pública presionada, infraestructura detenida. Y todo eso no puede seguir atribuyéndose únicamente al pasado. Si alguien ocupa la presidencia, también ocupa la responsabilidad del presente. De eso se trata el mandato.

Además de todo lo expuesto en la primera parte, hay algo que llama poderosamente la atención en este proceso electoral: quien se proclama como candidata del continuismo hace promesas de lo que “va a hacer”, de lo que “va a arreglar”, de lo que “va a corregir”… cuando ha tenido cuatro años para hacerlo. Y entonces uno se pregunta con toda lógica: si en cuatro años no se logró, ¿por qué deberíamos creer que ahora sí? ¿Qué ha cambiado en la estructura del poder, en los recursos o en la voluntad política que no existía antes? La campaña parece pedirle al pueblo que confíe nuevamente en lo que no funcionó la primera vez.

No se trata de negar esfuerzos ni de descalificar personas; se trata de comprender el sentido mismo de la rendición de cuentas. Si un gobierno llega al final de su periodo con grandes promesas aún pendientes, esas promesas no deberían reciclarse como si fueran nuevas propuestas. Porque lo que la candidata del continuismo ofrece reparar es, básicamente, una lista de las cosas que no pudieron repararse en cuatro años. Y eso, en el fondo, es una falta de respeto al ciudadano informado.

En una democracia sana, los votantes no deberían dejarse encandilar por discursos repetidos ni por promesas recicladas. Un verdadero proceso electoral se basa en comparar resultados, no intenciones. En preguntarse qué se hizo, no qué se dice que se hará. En analizar hechos, no slogans. Pero cuando el pueblo convierte al presidente en candidato y a la candidata en heredera emocional de ese relato, todo se vuelve sentimental. El análisis se sustituye por la fe, y la fe política —esa fe ciega— es una de las formas más peligrosas de fanatismo.

Costa Rica merece algo más que eso. Merece memoria, pensamiento crítico y responsabilidad electoral. Porque gobernar no es un acto de magia: es una oportunidad finita. Y cuando esa oportunidad se agota, lo más honesto no es pedir otra, sino rendir cuentas de la que se tuvo.

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