Una democracia se sostiene, ante todo, en la confianza.
No en la fe ciega, sino en la confianza razonada: esa que nos permite creer que, con sus defectos y aciertos, las instituciones del Estado existen para servir al bien común.
Cuando un candidato, o incluso un ciudadano, empieza a desconfiar de todas ellas —del Poder Judicial, del OIJ, de la Fiscalía, del Tribunal Supremo de Elecciones—, hay que preguntarse si el problema está en las instituciones o en la mirada que las juzga.
Desconfiar de una institución puede ser un acto legítimo. Cuestionar, investigar, pedir transparencia, es parte del juego democrático. Pero desconfiar de todas las instituciones al mismo tiempo equivale a decir que el país entero no sirve.
Y cuando se instala esa idea, se abre la puerta al autoritarismo: porque alguien tiene que ocupar el vacío que deja la confianza rota.
La historia —no solo la nuestra— lo demuestra una y otra vez: los pueblos que pierden la fe en sus instituciones terminan depositándola en una sola persona. Y cuando eso ocurre, la democracia empieza a desvanecerse sin que nadie lo note.
Las instituciones no son perfectas, pero son el marco que impide que un país se gobierne por caprichos. Son la casa común donde el poder tiene límites, donde nadie —por muy fuerte que se sienta— puede dictar las reglas a su antojo.
Si algún día llegáramos a creer que ya no podemos confiar en ellas, entonces no necesitaríamos elecciones, sino redentores. Y los redentores, en política, suelen ser peligrosos.
Por eso, más allá de ideologías o simpatías, conviene recordar una verdad sencilla: Quien no confía en las instituciones que garantizan la justicia, la seguridad y la democracia, difícilmente podrá representar a quienes todavía creemos en ellas.
Porque gobernar un país no es hablar más fuerte ni desconfiar de todos.
Gobernar es cuidar la confianza que otros construyeron con décadas de esfuerzo, con errores y aciertos, pero con la intención honesta de que esta tierra siga siendo lo que siempre ha sido: una democracia imperfecta, pero viva.