Las personas que siguen a don Rodrigo Chaves se ofenden cuando se publica algo en contra de él, de su administración o de su gobierno. Y honestamente, no entiendo por qué. Tengo amigos que se muestran profundamente enojados, como si fueran parte del gabinete, como si fueran sus asesores personales o como si fueran el mismísimo don Rodrigo. Hasta ese punto ha llegado, no sé, ¿el fanatismo? ¿La identificación emocional? ¿El enamoramiento político?
Alguien me recordaba hoy que, tradicionalmente, los presidentes en Costa Rica son queridos durante los primeros seis meses de gobierno. Ese periodo de gracia en el que todo parece posible, en el que las expectativas están frescas, en el que el cuento aún no ha sido contrastado con la realidad. Después de eso, suelen convertirse en los villanos de la historia… hasta que llega el siguiente, y empieza su propio semestre de luna de miel.
Pero en este caso, ya llevamos tres años y medio y todavía hay quienes se cortarían las venas por él. ¿Por qué? ¿Será porque es bueno? ¿Porque es elocuente? ¿Porque es carismático? ¿O será, más bien, una especie de virus emocional que enamora a unos y enoja profundamente a otros? Es una reacción psicológica interesante, casi inexplicable desde el coaching o desde la comunicación política. Supongo que sería tarea de un psicólogo —o quizá de un psiquiatra— ayudarnos a entenderla con detalle.
Porque si uno revisa con calma la información disponible, la descripción encaja perfectamente con lo que se conoce como el fenómeno del populismo. Y ser popular, o incluso populista, no debería ser malo en sí mismo. Lo peligroso es cuando empiezan a repetirse los pasos que todos los populistas siguen, uno tras otro: los mismos discursos, las mismas estrategias emocionales, las mismas fracturas sociales, las mismas narrativas de mártir y salvador… hasta que el país entero se vuelve rehén de una historia que no construye, sino que divide.
Cuando una población se ofende más por una crítica al presidente que por un abuso del presidente, algo empieza a torcerse. Se diluye la frontera entre ciudadanía y devoción. Se confunde la figura del gobernante con la del ídolo, y esa confusión es el terreno fértil donde el populismo se convierte en fe, y la fe política —cuando se vuelve ciega— termina siendo una amenaza para cualquier país, incluso para uno tan acostumbrado a la democracia como el nuestro.