La interminable lista de enemigos

Esta noche me senté a ver la grabación del programa OPA, esa entrevista que le hicieron los dos muchachos al presidente Rodrigo Chaves. Voy a ser honesto: lo vi solo hasta la mitad. No porque el programa estuviera mal conducido —al contrario, los muchachos hicieron su trabajo con respeto, sin favoritismos evidentes y sin ataques gratuitos— sino porque hubo un punto en el que simplemente me resultó imposible seguir viendo la pantalla sin sentir que algo dentro de mí se revolvía de indignación y tristeza.

Lo que me impresionó no fue la entrevista, sino él. Él como figura, como presencia, como voz. Qué persona más despreciable en su forma de hablar de los demás. Qué forma más corrosiva, más manipuladora, más arteramente construida de describir el país como si absolutamente todo y todos fueran enemigos personales. Y mientras lo veía enumerar, una a una, a todas las instituciones, me hacía una pregunta que tal vez vos también te estás haciendo: ¿cómo es posible que para él todos son malos?

Porque ahí estaba, frente a cámaras, descalificando ministerios completos, instituciones enteras, expertos, organismos de control, la prensa, los diputados, los tribunales, funcionarios públicos de todas las áreas… todos convertidos en villanos de su narrativa. Todos humanos, todos imperfectos, sí, pero todos presentados como si de verdad hubiera una conspiración nacional cuya única finalidad fuera destruirlo a él. Y ahí es donde la indignación se mezcla con la incredulidad: ¿cómo puede tanta gente creerse ese cuento?

Porque no estamos hablando de un presidente que enfrenta críticas o diferencias legítimas. Estamos hablando de alguien que ha construido un universo emocional donde el denominador común es siempre el mismo: la maldad ajena. El error ajeno. La corrupción ajena. La conspiración ajena. Y en medio de esa arquitectura de odio, hay una constante que ya resulta evidente para cualquiera que se detenga a observar con un poquito de sensatez: cuando en toda la habitación hay un solo foco de mal olor, no es la habitación.

El problema es él.

Y aquí es donde la preocupación se vuelve profunda. Porque no puedo comprender cómo tantos de sus seguidores han internalizado al punto de repetir, casi palabra por palabra, la idea de que “todo el país está contra él”. Que si la Contraloría habla, es persecución. Si un diputado cuestiona, es odio. Si un periodista pregunta, es porque es vendido. Si el Tribunal Supremo de Elecciones actúa, es complot. Si un ministerio no le sigue la línea, es traición. Si un juez interpreta la ley, es enemigo.

¿No es raro?

¿No es alarmante?

¿No debería hacerles ruido a los mismos seguidores que haya un solo hombre al que supuestamente odia todo un país?

Eso no es lógica.

Eso es programación emocional.

Eso es lavado de narrativa.

Eso es manipulación pura y cruda.

Cuando uno observa a fondo, lo que aparece es un patrón claro: un líder que necesita presentar al mundo como un enemigo constante para reforzar su propia figura como “víctima heroica”. Y eso, en cualquier parte del mundo, en cualquier momento de la historia, tiene un solo nombre: populismo.

Pero lo que más me duele no es él.

Lo que más me duele es la gente buena, noble, trabajadora, que cae en ese discurso. Personas que repiten frases como verdades absolutas, que se indignan por cosas que nunca ocurrieron, que defienden lo indefendible porque alguien les enseñó que cuestionarlo es traición.

Me duele ver cómo tanta gente inteligente parece haber apagado el sentido crítico y haber encendido, en su lugar, una fe ciega en alguien que ha demostrado una y otra vez que no respeta a nadie. Ni instituciones, ni ministros, ni poderes del Estado, ni prensa, ni historia, ni democracia. Nada.

Y sin embargo, ahí lo siguen.

Como si fueran la última barrera entre él y el apocalipsis que él mismo inventó.

Yo, por mi parte, no puedo quedarme callado.

No frente a un discurso que destruye, divide, humilla y enferma emocionalmente a un país entero.

No frente a una figura que se alimenta del conflicto y necesita crear enemigos para justificar su permanencia.

Si algo tengo claro después de ver medio programa es esto: Costa Rica no merece un líder que cree enemigos donde no los hay. No merece un líder que convierta la institucionalidad en chatarra emocional. Y no merece un pueblo dividido por la narrativa paranoica de un solo hombre.

Que cada quien crea lo que quiera creer.

Pero que al menos sepan lo que están creyendo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio