Por qué sí debe ir a los debates

Hoy leí a alguien en redes sociales decir que doña Laura Fernández “no tiene por qué ir a los debates”, que “eso es un circo” montado únicamente para desacreditarla, y que ella no debería “rebajarse” a ese tipo de escenarios. Y te digo algo con toda sinceridad: no, no señor. No funciona así. No es tan simple. Y no tenés por qué repetir discursos prefabricados con un entusiasmo casi religioso sin detenerte un minuto a pensar.

Los debates presidenciales no existen para entretener, ni para humillar, ni para hacer show. Existen porque la democracia necesita contraste, transparencia y temple. ¿Sabés qué significa eso? Que no basta con un plan de gobierno —que muchas veces ni siquiera leen quienes lo defienden— sino que también hace falta ver cómo un candidato se comporta bajo presión, cómo argumenta, cómo responde, cómo piensa, cómo sostiene sus convicciones cuando no tiene un teleprompter enfrente. Un debate muestra carácter. Muestra confianza. Muestra inteligencia emocional. Muestra liderazgo real. Y si un candidato no quiere ir, no es porque “no necesita rebajarse”: es porque no puede sostener lo que dice bajo la luz pública.

Es impresionante la lavada de cerebro que algunos han recibido, al punto de convertir la ausencia de su candidata en una virtud. “No necesita debatir”, dicen. “Ella no tiene que pelear con nadie”, repiten. “Ya sabemos que va ganando”, afirman. Y uno se pregunta: ¿de dónde salió esa idea tan conveniente, tan a la medida, tan perfectamente alineada con evitar que la gente vea lo obvio? Porque un candidato que no debate no demuestra sabiduría. Demuestra miedo.

Yo entiendo que alguien quiera votar por un candidato. Eso está bien. Entiendo que te guste un plan de gobierno, aunque sea básico. Eso también está bien. Entiendo incluso que pensés que esa persona podría hacer algo bueno por el país. Eso es tu derecho, tu libertad y tu criterio. Esta es una democracia, no un club privado. Pero lo que no puedo respetar —porque no se sostiene desde ningún ángulo— es cuando alguien decide justificar absolutamente todo lo que hace su candidata o su líder, incluso cuando lo que hace va en contra de las reglas más básicas del juego democrático.

Cuando alguien me dice que está de acuerdo con que su candidata no vaya a los debates, te lo digo sin rodeos: para mí es alguien que dejó de pensar. Alguien que repite lo que le enseñaron sin filtros. Alguien que fue programado emocionalmente para creer que su líder nunca debe ser cuestionado, nunca debe exponerse, nunca debe confrontar ideas. Y eso no es democracia, eso es culto. Eso no es criterio, eso es entrega ciega. Eso no es madurez política, es obediencia disfrazada de convicción.

Si un candidato quiere llegar a la presidencia de Costa Rica, debe estar dispuesto a hablarle al país. Debe enfrentarse a preguntas incómodas. Debe reconocer errores. Debe debatir. Debe mostrar que no se derrumba cuando le toca justificar lo que promete. Debe dar la cara. No esconderse. No blindarse. No desaparecerse detrás del enojo de otro.

Así que cuando escuchés a alguien decir que su candidata “no debe ir a los debates”, sabé que no te está hablando desde el criterio, sino desde el adoctrinamiento. Te está hablando desde el miedo disfrazado de fuerza. Desde la repetición disfrazada de convicción. Desde la ignorancia disfrazada de lealtad.

Y vos y yo sabemos algo que ellos todavía no se animan a admitir:

un liderazgo que no se atreve a debatir nunca estuvo listo para gobernar.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio