07 – Los que sostienen al país sin que el país lo note

Cuando encendiste la cocina esta mañana, probablemente no pensaste en nada más que en el olor del café o en el sonido del agua hirviendo. No pensaste en la tierra que sostuvo la raíz del frijol, ni en el barro que se pegó a las botas de quien lo sembró, ni en la madrugada en la que alguien se levantó para revisar si la lluvia había sido un aliado o un enemigo. Vivimos así, con una desconexión cómoda, casi automática: comemos sin pensar, compramos sin recordar, consumimos sin preguntarnos quién sostiene, en silencio, esa parte de la vida que damos por garantizada.

Porque este país, aunque a veces lo olvidamos, descansa sobre los hombros de personas que no salen en portadas, que no aparecen en discursos, que rara vez reciben un aplauso. Ese grupo inmenso y anónimo de agricultores trabaja mientras Costa Rica duerme, respira hondo cuando el clima amenaza con destruirle la semana y se arriesga con cada siembra sin saber si el mercado pagará lo justo o si el precio caerá cuando ya no puedan echarse para atrás. Son ellos los que sostienen al país, aunque el país no lo note.

Vives rodeado de pequeñas comodidades que parecen simples: una ensalada fresca, una fruta madura, una olla de arroz que nunca falta. Pero detrás de esas cosas hay historias completas de lucha, de cansancio, de paciencia. Historias de manos endurecidas por el trabajo, de espaldas que se encorvan con las cargas, de ojos que se entrecierran bajo el sol, de respiraciones tensas cuando el cielo se vuelve gris de más. Todo eso está metido, silenciosamente, en lo que compras sin pensar dos veces.

Y, aun así, muchos creen que la vida del agricultor es simple, casi romántica, como si sembrar fuera solo ver crecer. La verdad es otra: sembrar es enfrentarse a un clima impredecible, a un mercado que no siempre es justo y a una sociedad que exige precios bajos sin entender lo que cuestan las manos que trabajan. Sembrar es vivir en un equilibrio frágil donde un solo día puede definirlo todo. A pesar de eso, ellos siguen. Siguen porque saben que su labor sostiene algo más grande que su finca: sostiene la vida diaria de millones que nunca los han visto.

Cuando pienso en todo esto, siento una mezcla de gratitud y vergüenza. Gratitud hacia quienes sostienen al país sin pedir reconocimiento, y vergüenza por lo fácil que olvidamos su existencia. Porque si mañana decidieran no sembrar, si no se levantaran antes del amanecer, si se rindieran ante la angustia que tantas veces los visita, el país entraría en crisis en cuestión de días. No semanas. Días. Así de frágil es nuestra comodidad. Así de invisible es su esfuerzo.

Esta serie nace para eso: para que empecemos a mirar lo que siempre ha estado allí y aun así nunca hemos visto. Para entender que detrás de cada plato hay vidas enteras entregadas a un oficio que no conoce descanso. Para que, aunque sea por un instante, levantemos la mirada y reconozcamos a quienes sostienen un país entero sin que el país lo note.

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