04 – Los hijos de la tierra – Segunda parte

Muchos de esos niños crecen y se van por la vida buscando un norte distinto. No porque renieguen del campo, sino porque la vida a veces empuja hacia otros sueños, otras direcciones, otras posibilidades que también merecen ser exploradas. Y está bien. No son caminos mejores ni peores, solo diferentes. Pero también están los otros, los que un día se miran al espejo y descubren que su identidad está allí, en la misma tierra que los vio crecer. Ellos deciden quedarse. Deciden volver sus pasos hacia la finca, hacia la semilla, hacia ese ciclo eterno donde cada amanecer es un acto de fe.

Son jóvenes que empiezan a trabajar desde temprano, que cargan sacos antes de ser adultos, que aprenden a leer el cielo antes de aprender a manejar. Son vidas enteras que se forjan entre la adolescencia y la adultez, luchando con precios injustos, con cosechas que no siempre responden, con plagas que llegan como ladrones silenciosos, con lluvias que arrasan sin pedir permiso, con sequías que se aferran a la tierra como una herida abierta. Y aun así siguen. Siguen porque la fortaleza del agricultor costarricense no se aprende: se hereda, se respira, se encarna.

Con el tiempo llegan nuevas herramientas, nuevos recursos, nueva tecnología que no pretende volverlos ricos, sino permitirles producir más en menos tiempo, rescatar lo que antes se perdía, llevar la cosecha a destino antes de que el clima la castigue. Y así continúan creciendo, no para presumir, no para acumular, sino para mejorar su vida, mejorar sus cultivos y, sin saberlo, mejorar también la alimentación de todo un país.

Llegan los ahorros, los préstamos, los sacrificios. Y llega ese día simbólico en que cambian el tractor viejo por una máquina nueva, más segura, más rápida, más eficiente. Llega también el día en que la carreta cansada, la vagoneta oxidada, cede su lugar a un pickup fuerte, capaz de aguantar caminos que nadie más recorrería. Y hay alegría. Y hay orgullo. Y, por un momento, parece que el crecimiento por fin se está notando. Porque no hay nada más justo que ver prosperar a quien siempre ha trabajado de sol a sol.

Pero esa alegría dura poco. Porque en lugar de reconocimiento, encuentran burla. En lugar de respeto, encuentran dedos señalando. Una parte del país —una parte ruidosa, cómoda, distante— decide que ese progreso no es merecido. Que un agricultor moderno “se ve mal”. Que un tractor nuevo “no es acorde”. Que un pickup en buen estado “es sospechoso”. Como si la dignidad del campo tuviera que mantenerse pobre para ser aceptada. Como si se esperara que su vida fuera siempre dura, siempre limitada, siempre a medio construir. Como si crecer fuera un delito.

Y como si eso no fuera suficiente, también llega el golpe más duro: la burla desde quienes deberían protegerlos. Desde quienes, sin ensuciarse las botas, creen entenderlo todo. Desde quienes jamás han cargado una caja de cosecha, pero opinan sobre herramientas, precios y esfuerzos con una facilidad que lastima. Es un bullying disfrazado de comentario. Una burla que no debería existir. Una invisibilidad que no merecen. Porque no esperan regalos, esperan respeto. No esperan favores, esperan justicia. No esperan privilegios, esperan que los dejen trabajar sin que su éxito sea motivo de ataque.

Esa, al final, es la vida de los hijos de la tierra. Crecen con la esperanza en las manos, sostienen un país entero con su trabajo, avanzan con sacrificio, mejoran lo que pueden, luchan contra lo que no controlan y, aun así, encuentran la manera de seguir de pie. Porque la tierra les enseñó que rendirse no es una opción. Y porque, aunque algunos no lo quieran ver, su crecimiento es también el crecimiento de Costa Rica.

Yo soy Vinicio Jarquín, y envío un abrazo profundo a los agricultores costarricenses. Gracias por el tomate, por la zanahoria, por la papa, por la lechuga… y por todo lo que llega a nuestras mesas sin que lo entendamos del todo. Gracias por sostenernos incluso cuando otros los quieren hacer pequeños.

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