Cuando una frecuencia deja de ser solo un número

Ayer la Conferencia Episcopal de Costa Rica publicó un mensaje sobre la subasta de frecuencias de radio y televisión. No suelo compartir comunicados institucionales en mi muro, porque aquí prefiero escribir desde lo que yo creo, lo que yo observo y lo que me toca directamente. Pero esta vez vale la pena hacer una pausa y reflexionar.

Lo que está en juego no es un trámite administrativo ni un tema técnico para especialistas. Lo que está en juego es la manera en que nos hablamos como país. Una frecuencia no es simplemente un espacio “que se subasta”, como si estuviéramos vendiendo un lote o un carro. Una frecuencia es un puente. Un espacio público que permite que una voz llegue a otra. Y esa comunicación, cuando se usa con responsabilidad, sostiene la convivencia, acompaña a las comunidades y ayuda a construir criterio.

Por eso tiene sentido que distintas voces —incluidas las de los obispos— levanten la mano para decir: cuidado, esto no se puede reducir únicamente a quién tiene más dinero para pagar. Si convertimos las frecuencias en un mercado puro y duro, lo que se pierde no es una institución religiosa, ni un medio comunitario: lo que se pierde es la pluralidad.

Un país que solo escucha a quienes tienen más recursos termina escuchando menos. Se empobrece. Se hace más frágil y vulnerable al poder político y económico.

Yo no soy parte de ninguna iglesia, pero sí creo profundamente en la importancia del equilibrio. En que las voces pequeñas, rurales, comunitarias, educativas, culturales, religiosas, laicas, independientes, todas, tengan espacio para existir. Porque cada una cumple un papel distinto en la vida democrática: acompañar, informar, educar, consolar, cuestionar, tender puentes, sostener a quienes no tienen acceso a nada más.

No se trata de si una radio es católica, protestante, universitaria, indígena, cultural, comunitaria o independiente. Se trata de entender que la comunicación no es solo un negocio: es un derecho social que permite que un país respire bien.

Por eso creo que Costa Rica merece un modelo de asignación de frecuencias que combine responsabilidad económica con responsabilidad humana. Que tome en cuenta la trayectoria, la función social, el impacto comunitario y la diversidad. Porque un país con muchas voces es un país más libre. Y un país que escucha solo al dinero termina escuchándose a sí mismo en un eco cada vez más pequeño.

Este no es un tema religioso. Es un tema de democracia. Y si queremos cuidar lo que somos, más nos vale cuidar también la forma en que nos hablamos.

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