Yo me imagino —y esto es solo una imagen mental, no una afirmación jurídica— que desde el Poder Ejecutivo no van a tardar en salir las quejas por la resolución de la Sala Cuarta. Que vendrán los discursos duros, las molestias públicas, los mensajes de inconformidad. Y también me imagino, casi sin esfuerzo, a buena parte del chavismo vociferando en su contra, acusando, sospechando, desconfiando… como suele pasar cada vez que una institución no responde como ellos quisieran.
Pero hay otra lectura, mucho más silenciosa y probablemente más auténtica.
Yo creo que esta resolución, en el fondo, le vino como un respiro al propio presidente. Porque ese tema de las frecuencias se le había vuelto una papa caliente en las manos. Complicado con los radiodifusores, complicado con sectores religiosos, complicado con pequeños medios, complicado con organizaciones, complicado políticamente por donde se le mirara. No había salida fácil. No había solución simple. No había escenario limpio donde todos quedaran satisfechos. Era un enredo.
Y cuando un tema se te enreda así, cuando cada paso trae un conflicto nuevo, cuando cada decisión levanta otra bandera en contra, a veces lo que más alivio da no es resolverlo… sino que alguien más lo congele.
Y eso fue exactamente lo que hizo la Sala Cuarta. Suspendió. Detuvo. Congeló el proceso.
Y, sin quererlo —o queriéndolo solo desde lo jurídico— le quitó al Ejecutivo de encima una bronca que ya estaba empezando a desgastarlo en demasiados frentes a la vez. Hoy ese problema ya no está sobre su escritorio inmediato. Hoy ese desgaste se detuvo. Hoy esa presión se pausó.
Por eso yo, honestamente, no descarto que, puertas adentro, don Rodrigo esté más bien respirando tranquilo. Porque cuando un asunto se te complica tanto, cuando no hay forma elegante de salir bien parado, que la Sala Cuarta intervenga no siempre se vive como un golpe… a veces se vive como un salvavidas.
Mientras afuera algunos gritan, atacan o celebran según su bando, adentro el gobierno puede, perfectamente, estar diciendo:
—“Bueno… al menos hoy esa no es nuestra bronca”.
Y sí, tal vez hoy el presidente hasta se puede “pegar una tanda”, porque le salvaron la tanda, como decimos en buen tico. No porque haya ganado una batalla política, sino porque la batalla se detuvo sin que él tuviera que disparar el último tiro. Así de paradójica es la política.
La Sala Cuarta, una vez más, no resolvió lo que a muchos les hubiese gustado que resolviera de inmediato. Lo que hizo fue algo más profundo: recordó que en este país todavía existen frenos, pausas, procesos, estudio, tiempo y Constitución.
Y eso, aunque a algunos les incomode, sigue siendo una buena noticia para la democracia.
