Hace poco estuve conversando con alguien que sabe muchísimo de política, de Estado y de macroeconomía. De esas personas que no hablan desde la tripa, sino desde los datos, los procesos, la historia. En medio de la charla, le pregunté algo muy simple:
—¿Y vos por quién votarías?
Se quedó en silencio unos segundos. Pensando de verdad. No respondiendo por impulso.
Entonces lo interrumpí y le pregunté directo:
—¿Qué pensás de Laura?
Su respuesta fue tan desconcertante como honesta:
—No lo sé. No la conozco. No conozco nada de ella. Y si no va a debates, no voy a tener ni idea quién es ni qué piensa. No sé si es buena o mala política. Así que, por ahora, no la cuento en mi lista de análisis.
No fue un ataque. Fue, más bien, una ausencia total de información. Y eso, viniendo de alguien así de informado, pesa.
Luego le pregunté por Rodrigo.
Y ahí no dudó ni un segundo:
—Primero hay que separar al hombre del político. Como hombre es una basura —sus palabras, no las mías—, y como político también. No ha hecho nada. Habla mucho, pero no dice nada.
Agregó algo todavía más fuerte: que, aunque a veces parece tener buenas ideas, no ha concretado absolutamente nada por lo que tengamos que agradecerle como país. Mucho ruido. Poco resultado.
Después seguimos conversando sobre otros candidatos. Con más calma. Con más matices. Con más análisis. Pero esa parte me la voy a reservar para cuando reúna al grupo interdisciplinario con el que suelo contrastar criterios, y podamos empezar a escoger opciones con cabeza fría y no con entrañas calientes.
A veces una sola conversación, bien hecha, sin gritos ni consignas, dice más que cien discusiones en redes.
