Hay llamadas que entran como entran todas: entre mensajes, entrevistas, comentarios, solicitudes, felicitaciones, diferencias, coincidencias. Llamadas que llegan como parte del ruido natural de estos días tan intensos. Y hay otras que llegan distinto, con una suavidad que desde el primer segundo te pide bajar el ritmo.
Esta fue así.
—Buenas tardes, mi nombre es doña Berta… tal vez no sepas quién soy… Y no, no sabía.
Me explicó con sencillez que era la mamá de Álvaro Ramos. Me habló con una calidez sin esfuerzo, sin tono político, sin estrategia. Me dijo que estaba contenta con la campaña de Apacigua tu ser interior, que en medio de tanta efervescencia le parecía necesaria, oportuna, bien llevada. Me regaló palabras bonitas, de esas que uno no busca, pero agradece.
Hablamos un buen rato. Y en medio de esa conversación natural, sin guion, sin intención, me invitó a tomar café a su casa. Acepté.
Tuvimos que mover la fecha una vez por una cita médica de mi mamá. Y hoy, al fin, se dio.
Llegué unos minutos antes. Luego llegó su esposo, don Álvaro Ramos. Y nos sentamos a conversar. Sin reloj. Sin urgencias. Hablamos más de dos horas de la vida, de la política, de la campaña, de los hijos, de los expresidentes, de cómo se mueven realmente las cápsulas del poder, de las cosas que no se dicen en público y de muchas que sí deberían decirse más.
No era una reunión política. Era una conversación humana.
De esas que ya casi no se dan.
En algún momento me preguntaron qué quería saber de Álvaro. Y fui honesto: no necesitaba saber nada específico. Les dije que, desde afuera, Álvaro se percibe como una persona inteligente, honesta, transparente. Y que esa carta ya la lleva por delante.
Hablamos también del partido de Liberación Nacional. De sus luces, de sus sombras, de sus aciertos históricos y de sus errores. Como se habla de cualquier organización que ha estado muchas veces en el poder, con todo lo que eso conlleva.
Antes de seguir, confirmé algo importante. Les dije que para mí la confidencialidad era sagrada. Que yo estaba ahí como invitado, como ser humano, no como cronista político. Me respondieron con total naturalidad que todo podía comentarse. Que no había nada que esconder. Y por eso hoy escribo esto.
La reunión fue hermosa.
En un momento, don Álvaro se soltó a hablar de historia de pueblos indígenas, de procesos de distintos países, de la forma en que las culturas resisten, se adaptan, sobreviven. Fue una cátedra sin querer serlo. De esas que no vienen desde la tarima, sino desde la experiencia.
Y ahí, sentado en esa mesa, con café, con pan, con humanidad, te confirmas algo que muchos ya sabemos: Álvaro Ramos es una apuesta seria para este país. Una inteligencia envidiable. Una honestidad que no se actúa. Una crianza que se nota.
Tal vez la única sombra que algunos le señalan es su partido. Y sí, esa sombra existe para muchos. Pero también es evidente que podría gobernar por sí mismo, sin ataduras, como lo ha venido demostrando. A mí, hoy por hoy, el partido no me pesa como antes. Y aunque no he tomado una decisión definitiva, no tengo ningún problema en decirlo: es una excelente opción para Costa Rica.
Creo, y lo digo con absoluta claridad, que hoy pesa más que nunca tener a una persona digna del cargo. Alguien con sensatez, con inteligencia emocional, con educación, con estructura interior. Alguien que, dentro de cuatro años, entregue la presidencia sin berrinches, sin amenazas, sin dramas institucionales.
Alguien que una. Un padre de familia sólido.
Y aunque no sea requisito político, no quiero dejar de decirlo: don Álvaro es ministro de la comunión. Vive aferrado a sus principios cristianos y católicos. Y aunque yo no lo soy, reconozco profundamente el valor de vivir de acuerdo con tus valores.
Salí de esa casa agradecido. No por una postura política. Sino por haber vivido algo que hoy escasea: una conversación limpia, profunda, respetuosa, sin máscaras.
Y eso, en tiempos como estos, ya es muchísimo.
Cuando llegó la hora de irme, no quería hacerlo. Tenía una entrevista apenas media hora después y el compromiso me jalaba desde afuera, pero el corazón se me quedaba sentado en esa sala, entre el café, las miradas cálidas y la conversación que todavía seguía viva. De alguna forma sentí —y no sé explicarlo mejor— que ellos tampoco querían que yo me fuera todavía. Me invitaron a su casa por la campaña de Apacigua tu Ser Interior, tal vez porque, sin saberlo, mis mensajes también los habían rozado por dentro, los habían acompañado, los habían calmado en medio de este ruido tan grande que vivimos como país. Y ahí comprendí algo que me sigue dando vueltas: cuando la vida recibe con honestidad el regalo que tú vas a entregar, muchas veces te devuelve otro, distinto, inesperado, pero igual de valioso.
Salí de esa casa con el ser profundamente apaciguado, feliz, liviano, agradecido. Caminaba distinto. Respiraba distinto. Sentía, con una certeza muy suave, que algo bonito había ocurrido. Como si, además de una conversación, me llevara también una amistad naciente, de esas que no hacen ruido pero que se sienten hondas. Fueron cálidos, amables, respetuosos, brillantes en su forma de pensar, con una historia viva en cada palabra. Me hicieron sentir bienvenido desde el primer minuto, como si esa casa también pudiera ser, por un rato, un lugar mío.
Por eso hoy solo puedo decir gracias. Gracias de corazón. Gracias a los señores Ramos Chávez por abrirme las puertas de su hogar, por la conversación, por la confianza, por la ternura, por la inteligencia compartida y por una tarde verdaderamente maravillosa. De esas que no se olvidan fácil. De esas que uno guarda como un pequeño tesoro en medio de tiempos tan revueltos.
En algún momento de la conversación se empezó a hablar de los títulos que Álvaro había obtenido, de la universidad en la que había estudiado y del tipo de profesional que era. Y entonces, de manera intencional, detuve ese enfoque y les pregunté al papá y a la mamá que escogieran solo una de dos cosas: si Álvaro llegara a la Presidencia, ¿sería un buen presidente porque es honesto o porque es inteligente? El papá fue el primero en responder y dijo que por ambas. La mamá, por su parte, dijo que no se sentía capaz de escoger entre una y otra. El papá agregó entonces: “Álvaro es un todo, es inteligente, es honesto, no tiene ataduras y es un excelente papá”. Y en ese momento la conversación dejó de ser política, estadista o analítica, y se convirtió en Álvaro Ramos Chávez, la persona.
Empezaron a hablar de la forma en que ha criado a sus hijas, de la relación que tiene con sus niñas, de cómo es como ser humano, de sus valores y de su integridad.
Amé a la persona que ellos, sus padres, describían; y aunque no dudo que otros candidatos puedan ser personas de valores y de una cercanía similar, el tema de hoy era Álvarito, el niño que luchó contra vientos y mareas, para salir adelante en un proceso de vida difícil.
Y entonces, ¿qué queda ahora?, un deseo inmenso por tomarme un café con la mamá de Claudia, de Ariel o con alguien cercano a Juan Carlos Hidalgo.
Porque quisiera que el próximo presidente, tenga alma; y agregar factores decisivos para que los apaciguaditos puedan tomar una buena decisión.
En mi conclusión humana, y tal vez política y económica, si don Álvaro Ramos Chaves fuera el próximo presidente de Costa Rica, yo estaría feliz y la patria habría ganado.
