El problema de estas elecciones

El problema de estas elecciones es extraño, y al mismo tiempo profundamente humano. De un lado tenemos a alguien por quien una parte importante del país jamás votaría. Y del otro lado tenemos varios candidatos por los que sí votaríamos. Y entonces pasa algo que, aunque parezca sencillo, se vuelve complejo: nuestro voto se diluye entre los buenos, y nos cuesta más hacerle la lucha al continuismo.

No es que falten opciones. Es que sobran opciones que nos parecen dignas. Y eso, paradójicamente, también nos debilita como bloque. Porque mientras el voto del otro lado está claro, concentrado, fidelizado, el nuestro se reparte, se fragmenta, se dispersa entre personas valiosas, capaces, preparadas, bien intencionadas.

Y aquí es donde aparece un dilema muy difícil de procesar con serenidad:
¿cómo se le gana a un proyecto que no me representa, cuando al frente tengo varios proyectos que sí me gustan?

Yo estoy casi seguro —y lo digo con toda honestidad: sin pruebas y sin tener evidencias— de que tenemos varias opciones, que son tan amantes de la democracia y de este país, que cualquiera estaría genuinamente feliz si cualquiera de los otros dos ganara. Eso ya dice mucho. Habla de una visión que va más allá del ego, de una vocación que no se agota en el “yo”, sino que se extiende al “nosotros”.

Y eso, aunque suena hermoso, nos pone frente a una paradoja:
cuando todos los buenos son una buena opción, elegir se vuelve más difícil. Y cuando elegir se vuelve más difícil, el tiempo, la estrategia y la realidad electoral no siempre juegan a favor de la diversidad.

Aquí no hay villanos entre ellos. No hay caricaturas. No hay monstruos. Hay diferencias de estilo, de énfasis, de visión, de trayectorias. Pero no estamos frente a una lucha entre el bien y el mal dentro de ese grupo. Estamos frente a una multiplicidad de bienes que compiten entre sí mientras otro proyecto se fortalece por concentración.

Y entonces me pregunto, con humildad y sin respuestas definitivas:
¿cómo hacemos para que esta diversidad no se convierta en nuestra debilidad?
¿cómo hacemos para cuidar la democracia sin regalarle ventaja al continuismo?
¿cómo hacemos para no pelearnos entre quienes, en el fondo, queremos lo mismo?

Tal vez la respuesta no está en apresurarnos a descalificar a unos para salvar a otro. Tal vez está en elevar el nivel de la conversación, en estudiar con más cuidado, en escuchar sin fanatismos, en ir tomando decisiones desde la consciencia y no desde el impulso.

Porque si algo fuese una tragedia silenciosa es que, por no saber organizarnos entre quienes sí creemos en la democracia, terminemos facilitando que gane quien muchos no queremos que gane.

Y eso sí sería un error que nos pesaría por años.

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