Recuerdo una vez en Nueva York, una de las ciudades que más amo en el mundo. Fui a Broadway a ver el musical de El Rey León. Fue una experiencia profundamente emocional. Lloré varias veces durante la obra, con la música, con la escenografía, con la historia. Y lloré una vez más al salir del teatro, cuando vi las luces encendidas de Times Square, esa ciudad inmensa latiendo frente a mí después de una puesta en escena tan poderosa. Aquella noche lloré de emoción, de belleza, de asombro.
Hoy también lloro. Pero no es Broadway. No es El Rey León. No es Times Square. No es Nueva York.
Es Costa Rica. Es Scar. Y son las hienas.
En la historia, Scar no llega al poder por méritos. Llega manipulando. Llega sembrando resentimiento. Llega hablándole al oído a las hienas, prometiéndoles una vida mejor, un banquete, abundancia, revancha. Les promete lo que no tenían, les promete lo que siempre creyeron que se merecían. Pero nunca les promete construir, solo destruir. Nunca les habla de equilibrio, solo de venganza. Nunca les ofrece dignidad, solo poder prestado.
Las hienas, cegadas por la promesa, lo siguen. No por amor. No por convicción. Por hambre. Por rabia. Por frustración. Por sentirse finalmente vistas.
Y Scar llega al poder.
Pero una vez arriba, no cumple. El reino se marchita. La tierra se agota. La comida desaparece. El miedo se multiplica. Y las hienas, que creyeron que serían reinas, descubren que solo fueron usadas. Que nunca fueron aliadas. Que fueron herramientas. Carne de cañón. Garras prestadas.
Y entonces la historia da un giro inevitable.
Porque cuando conviertes a otros en monstruos para que te ayuden a tomar el poder, terminas rodeado de monstruos. Cuando alimentas el odio, el odio crece. Cuando siembras resentimiento, cosechas resentimiento. Cuando enseñas a destruir, la destrucción no se detiene en la puerta de tu palacio.
La buena noticia de esa historia es que Scar no solo creó enemigos para el reino. Creó enemigos para sí mismo. Y son esos mismos, los que él mismo moldeó desde el rencor y la manipulación, los que al final se vuelven contra él.
Ojalá, Costa Rica, no tenga que llegar a ese punto.
Ojalá entiendan a tiempo que no son hienas. Que no necesitan que les prometan imágenes falsas de poder a cambio de destruirse entre ellos y de atacarnos a todos. Que no necesitan aplaudir discursos que los enardecen mientras los vacían por dentro.
Que no necesitan ser usados como herramienta de guerra emocional para beneficiar a uno solo.
Ojalá entiendan que Costa Rica no es un reino para ser tomado, sino una casa para ser cuidada.
Que la democracia no es un botín.
Que la institucionalidad no es un obstáculo.
Que el diálogo no es debilidad.
Que la crítica no es traición.
Que el adversario político no es un enemigo al que hay que borrar.
Y ojalá, de una vez por todas, dejen de aplaudir discursos que prometen grandeza mientras empujan al país hacia el abismo.
Porque cuando la historia se repite, nunca lo hace en versión de cuento. Siempre lo hace en versión de herida.
