Durante estos días he seguido con atención todo lo que se ha movido alrededor del tema de las frecuencias de radio. Y, siendo honesto, hay algo que quiero decir desde un lugar muy claro: era completamente previsible que el Presidente llamara a las iglesias para conversar. Cuando un tema se traba, cuando un proceso se complica, cuando hay actores que no entraron en una dinámica que el Ejecutivo impulsó, lo normal —lo humano, lo político— es intentar dialogar, negociar, buscar salidas. En eso, no veo nada extraño. No veo nada reprochable.
Lo interesante aquí no es tanto que el Presidente haya llamado. Lo verdaderamente interesante es lo que respondió cada uno.
Por un lado, Monseñor, en representación de la Iglesia Católica, dijo con claridad que no asistirían. No porque no respeten al Presidente. No porque no entiendan la coyuntura. Sino porque no desean un trato preferencial, porque no quieren sentarse a recibir un beneficio distinto al del resto del país. Y, al hacerlo, honró —con hechos, no con discursos— aquella frase tan antigua como vigente: al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. La fe en su lugar. El poder en el suyo. Sin confusiones. Sin privilegios.
Por otro lado, Fabricio aceptó la invitación. Aceptó sentarse. Aceptó dialogar. Aceptó explorar una vía de negociación. Y aquí es donde, más que certezas, a mí me nacen preguntas. No juicios, no condenas, no sentencias. Preguntas.
Y entonces me asalta otra inquietud, profundamente humana, no política en el sentido partidario, sino ética.
¿Qué piensan los evangélicos de todo esto?
Si yo fuera un dirigente evangélico, si yo fuera un pastor, si yo fuera parte activa de una congregación, ¿le firmaría un cheque en blanco a Fabricio para que hable en nombre de todos nosotros?
¿Ese poder ya se lo dieron oficialmente? ¿Hubo un consenso real? ¿Hubo una consulta amplia? ¿O simplemente alguien asumió esa representación como propia?
Tal vez todo esto ya fue conversado internamente y yo no lo sé. Tal vez los liderazgos evangélicos ya tomaron una postura clara y yo simplemente no tengo esa información. No lo sé. Y por eso no afirmo nada. Solo pregunto.
Pero me parece legítimo preguntarse si alguien puede sentarse a una mesa de poder a negociar en nombre de una comunidad de fe tan diversa, tan amplia y tan sensible, sin que esa comunidad haya sido plenamente consultada.
No lo sé. Solo tengo preguntas. Ninguna aseguración.
