El precio de la fama

Desde hace algunas semanas he empezado a sentir algo nuevo en mi vida: reconocimiento público. No sé si llamarlo fama. Tal vez no. Tal vez sea más justo decir “figura pública”. Y ha sido una experiencia muy interesante, porque no llegó de golpe, sino en pequeños matices que he ido observando, analizando y digiriendo con calma.

Ir al supermercado y que alguien me reconozca. Llegar a un restaurante y que desde la mesa de la par se levanten para saludarme o felicitarme por algo que escribí o por algo que dije. Llegar a un hotel el fin de semana de una boda y que el botones del Marriott me pregunte si yo era “el señor de TikTok”. Todo eso es bonito. Muy bonito. Y al mismo tiempo, muy particular.

Lo he tenido que analizar por varias razones. La primera es que esto no se siente como algo mío. No es una fama mía. No es una popularidad mía como persona. Es solo mi rostro el que aparece ahí. Lo tengo clarísimo. Porque cuando publico un artículo político, en minutos aparecen cientos de “me gusta”. Pero cuando publico algo personal, de esos que nacen desde otro lugar, la reacción es mucho menor. Entonces no soy yo como individuo. Son los escritos. Es el trabajo. Es el proyecto. Es la campaña. Y eso, lejos de molestarme, me ordena.

Claro que lo disfruto. Sería hipócrita decir que no. Pero también entiendo que esa popularidad funciona como una herramienta. Me abre puertas. Me permite estar reunido con los papás de Álvaro Ramos. Tomarme un café con la esposa de Juan Carlos Hidalgo. Recibir llamadas de personas influyentes en Costa Rica. Poder invitar a una charla a candidatos y a figuras públicas que pronto aparecerán en mis escritos. Eso no es para inflar el ego. Es una herramienta. Y trato de usarla así: con conciencia.

Ahora viene lo que más me marcó.

Ayer estaba sentado en la sala de Juan Carlos Hidalgo, candidato presidencial, conversando con su esposa. Y te confieso algo: no me sentía yo. Tampoco me sentía “famoso”. De alguna manera me sentí como un empleado de la campaña. Y mientras la escuchaba hablar, yo pensaba en ustedes. En llegar a mi casa y contarles la historia. En traerles la experiencia. En darles resultados. Como si yo estuviera trabajando para alguien. Para un jefe. Y ese jefe, curiosamente, no es una persona. Ese jefe se llama Apacigua tu ser interior.

Y esa sensación me gustó.

Tengo casi treinta años de no trabajar para alguien que no sea yo mismo. Treinta años siendo independiente, resolviendo solo, creando solo, equivocándome solo. Y ahora, de repente, siento que trabajo para algo más grande que yo. Para una causa. Para un movimiento. Para una comunidad. Para ustedes.

Así que, de alguna manera, aquí estoy. Yo soy Vinicio Jarquín. Trabajo para Apacigua tu ser interior, que es una campaña de todos ustedes.

Muchas gracias por apoyarme.

Muchas gracias por intentar salvar a Costa Rica.

Y muchas gracias porque, gracias a ustedes, tengo esta sensación tan extraña y tan bella que me impulsa a seguir… además de un patriotismo absoluto.

Si alguien me preguntara si yo soy el de “Apacigua tu ser interior”, o si la campaña es mía, tendré que decirle: “sí y no, yo trabajo para los apaciguaditos”

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