Al atardecer de hoy llegó a mi casa Jorge, el hijo de Ana Virginia Calzada, candidata a la presidencia de la República de Costa Rica. Y aunque en principio la conversación era sobre ella —sobre su trayectoria, su carácter, su visión del país— pronto descubrí que conocer a Jorge era, de alguna manera, otra forma de conocerla. Porque cuando un hijo habla de su madre desde la honestidad, el país puede escuchar algo que no aparece en ninguna entrevista ni en ningún debate: la verdad íntima detrás de una figura pública.
La idea inicial era simple: que él me hablara de ella para enamorarme de la mujer y transmitir al país, con justicia y con cariño, quién es realmente. No para que la amen ciegamente, sino para que la reconozcan. Para que sepan que, más allá de si votan por ella o no, hay un ser humano con un recorrido real, un compromiso real y una historia que merece ser contada. Yo siempre parto de un principio básico: toda persona que aspira a servir al país es honesta hasta que se demuestre lo contrario. Y desde ahí construyo.
Pero Jorge… Jorge es él mismo. Tiene momentos en que regresa a hablar de su madre con convicción profunda, y otros en los que se desvía —con absoluta naturalidad— hacia su propia visión del país. Una visión firme, directa, vibrante. Lo escuché hablar de Costa Rica con la misma fuerza con la que otros hablan de un amor grande: desde la herida, desde el orgullo, desde lo que sueña que sea y lo que teme que se pierda. Y está bien. Yo lo escuchaba porque quería conocerla a ella… y terminé conociéndolo también a él. En esa mezcla, entendí algo: la manera en que un hijo habla del país siempre revela algo de su linaje.
Nos sentamos en la terraza, entre arbolitos de Navidad y luces cálidas, con un par de jarras de café que llevaban el logo de Apacigua tu ser interior, para que Costa Rica pueda respirar en paz. El símbolo perfecto para una conversación que comenzó formal, casi tímida, pero que poco a poco se volvió humana. Jorge llegó a las 5:03 para una cita a las cinco en punto, y se disculpó por los tres minutos con una mezcla de respeto y nervios. Yo no necesitaba la disculpa, pero ese gesto ya decía mucho.
Vino en camiseta, una chaqueta ligera y tenis. Sencillo, relajado, como quien llega donde alguien que no lo va a juzgar por la ropa. Conforme hablamos, la desconfianza inicial fue cediendo y al final pude verlo salir tranquilo, más confiado y —creo yo— hasta feliz de haber venido. Y confieso que a mí también me encantó conocerlo. De verdad me agradó mucho.
A ratos veía en él lo que trabajó su madre, lo que sembró su padre, lo que inspiró su abuelo. Un linaje que, quieras o no, se nota en cómo se expresa, cómo piensa, cómo defiende lo que siente justo. Con 42 años, junto a su esposa y con tres hijos, es un hombre que carga un apellido que pesa, pero lo lleva con autenticidad.
Me habló de ella con una mezcla de admiración y ternura. Dijo que es justa, educada, comprometida, que está dispuesta a trabajar por este país, aunque eso signifique sacrificar la cercanía con sus nietos, que viven fuera. Contó que la apasiona la juventud, que le gusta acompañar causas que siente que puede atender, que tiene un don para atraer a los jóvenes y una intuición especial para saber en quién confiar.
También me compartió algo más íntimo: que siente que su madre está emocionalmente desgastada. No lo dijo como queja, sino como quien reconoce el peso real de una campaña. Y lo entiendo. Si para mí, que soy un candidato sin candidatura, esto es extenuante, imagino cómo debe ser para alguien que sí está en la contienda. La política cansa, no por la lucha, sino por el alma que se pone en ella. Pero esta apreciación viene desde los ojos de un hijo, y esto tenemos que entenderlo, no viene de un análisis profesional, y estoy seguro que su madre, no está tan desgastada como el niño de ella la ve, y que ella tiene mucho más que dar.
Y en esto, hay que tener cuidado para leer el mensaje, porque uno siempre quiere chinear a los suyos, y tal vez ayudarles a llevar el peso, pero por lo que sé de ella y lo que en otros momentos Jorge expresaba, Ana Virginia, ciertamente, está muy lejos de estar desgastada, y lo comento solo por transparencia, porque ella parece tener la fuerza suficiente, para echarse al país en sus hombros y caminar la milla de cuatro años.
Me dijo algo que me pareció profundamente humano: que ella no necesita el dinero, que ya está pensionada y que no tiene intención de cobrar el salario si llegara a gobernar. Que buscaría incluso la forma de renunciar a su pensión. No sé si logrará hacerlo legalmente, pero sí escuché la intención. Y a veces la intención habla más que las cifras.
Jorge, en ocasiones, subía la voz. No por enojo, sino por pasión. Por convicción. Por hartazgo de lo que vive Costa Rica. Tiene el tono del que quiere que su país no se pierda. Aunque él mismo dice que «la política no es lo suyo», se nota que la patria sí lo es.
Y eso, tal vez, fue lo que más me conmovió: al final ya no estaba entrevistando al hijo de una candidata, sino conversando con un costarricense que quiere que su país respire de nuevo.
Todo lo que hablamos tenía que ver con él, no siempre con su madre. Pero dejé de forzar el tema porque, de algún modo, su forma de ser la retrata también a ella. A veces el mejor retrato no es el que se pinta directamente, sino el que aparece en el espejo de quienes aman.
En algún momento dijo: “Tal vez esto no debí haberlo dicho”, y la verdad es que no entendí la salvedad, porque todo lo que dijo se podía decir. Retrataba a su madre, a él y a su vida. Tal vez fue un intento débil de tener cuidado con lo que decía en una entrevista, como lo hacemos todos cuando hemos sido entrevistados. Pero al final del día todo estuvo bien. Fue natural, abierto, sin frenos, sin sustos y sin miedos a decir lo que no debía. Me parece que sentía que todo se podía decir.
Sí, todo se podía decir. Primero porque parece que esta hermosa familia no tiene nada que ocultar. Y segundo porque Jorge se sintió cómodo, muy cómodo, y más cuando cerré el cuaderno de apuntes y comenzamos a hablar de él.
Hablamos de él al punto que la conversación se volvió de amigos, de confidencias personales, de tomas de conciencia y de diálogos internos. Toda una sesión de coaching en la que ambos éramos coach y, a ratos, coachee. Incluso le conté mis inquietudes y mi propio crecimiento en la campaña que llevo, porque yo también me sentí cómodo con él, en confianza, y hasta me atrevería a decir que llegué a tenerle un cariño.
Porque su transparencia me hizo quererla a ella, a su esposa y a sus hijos. Y eso fue uno de esos regalos maravillosos que la vida da en este “trabajo”.
Cuando finalmente se fue, lo vi caminar hacia su carro con una serenidad distinta a la que tenía cuando llegó. Y me quedé un momento en la terraza, todavía con el olor del café tibio y las luces de Navidad encendidas, pensando en lo curioso y hermoso que es este país: uno puede invitar a la casa al hijo de una candidata a la presidencia y terminar encontrando, no una figura pública, sino un ser humano que siente, que duda, que ama, que se preocupa y que sueña.
Me quedé pensando en ella también, en la mujer detrás del cargo, en la madre detrás del nombre, en la persona que formó a este hombre que hoy me habló con honestidad, con fuerza y con fragilidad al mismo tiempo. Y sentí que, más allá de la política, más allá de las campañas, más allá del ruido de las redes y de las tensiones del momento, la Costa Rica que queremos salvar sigue estando ahí: en estas conversaciones pequeñas, en estos encuentros sinceros, en estos gestos que revelan más que cualquier discurso.
Porque al final, lo que nos une no son los partidos, ni las banderas, ni los resultados. Lo que nos une es la humanidad que todavía somos capaces de ver en el otro cuando bajamos la guardia. Y hoy, con Jorge en mi casa, sentí que esa humanidad sigue viva. Que este país todavía respira. Que todavía podemos apaciguarnos para escucharnos. Que todavía podemos reconocernos en el brillo cansado pero honesto de los ojos de alguien que ama a Costa Rica tanto como tú y como yo.
Y mientras cerraba la puerta, pensé algo simple y profundo: si así son los hijos, algo muy bueno debe haber hecho la madre. Y me fui a seguir con mis tareas, con la esperanza tranquila de que, a pesar del miedo y del cansancio, este país aún tiene gente hermosa sosteniéndolo desde la verdad, y ofreciéndose para ayudar.

Hermosa la forma sencilla y emotiva de redactar una entrevista, alimenta la imaginación y nutre el alma, gracias