Necesito ser político

Cuando digo que necesito ser político, no lo digo desde el ego, ni desde una ambición de poder, ni desde una silla, ni desde una tarima con micrófono. Lo digo desde un lugar mucho más incómodo: desde la responsabilidad. Porque después de escuchar a tantos, de sentarme con personas tan distintas, de oír dolores reales, miedos reales, ilusiones reales, entendí algo que me sacudió por dentro: la política no es un oficio exclusivo de los que se postulan, es una condición inevitable de los que deciden no ser indiferentes.

Durante mucho tiempo he dicho que estoy en una campaña política no política. He insistido en que yo no soy político. Incluso, con humor, he dicho que soy un candidato sin candidatura. Y lo he dicho de verdad, no como pose. Lo he dicho porque no vengo de un partido, no tengo bandera, no tengo estructura, no tengo maquinaria. Vengo de la palabra, de la escucha, del arte, de la calle, del café, del taller, de la conversación humana. Pero hoy, en medio de reuniones, después de haber hablado con dirigentes de varios partidos, con antiguos aspirantes y con expresidentes, al final del día me di cuenta de algo que no esperaba: necesito ser político. Y necesito no ser el político que tradicionalmente —posiblemente por error nuestro— hemos aprendido a imaginar.

Necesito ser político sin corbata obligatoria, sin discurso aprendido, sin consignas repetidas como rosario. Necesito ser político sin aprender a mentir bonito, sin calcular cada palabra por miedo a perder seguidores, sin esconder lo que siento por quedar bien. Necesito ser político desde la calle, desde el café, desde la conversación incómoda, desde el abrazo que no pregunta de qué partido eres antes de apretarse. Y eso, curiosamente, es lo más difícil: hacer política sin dejar de ser humano.

Porque también lo vi con claridad: hay personas dentro de los partidos que están rotas por dentro, igual que el país; cansadas, igual que todos; asustadas, igual que tú y que yo. Y también hay otras que siguen repitiendo el guion de siempre, defendiendo símbolos, atacando enemigos, jugando el tablero como si esto fuera solo una estrategia y no la vida real de millones de personas. Y entre esas dos realidades, yo no encajo del todo en ninguna. Estoy en medio. Observando. Escuchando. Tragando saliva. Dudando. Y, aun así, avanzando.

Hoy entendí que no basta con decir “yo no soy político” como una forma elegante de lavarse las manos. Porque cuando tomas postura, cuando hablas, cuando cuestionas, cuando incomodas, cuando defiendes la paz en medio del ruido, ya estás haciendo política. Solo que otro tipo de política. Una que no se mide solo en votos, sino en conciencias despertadas. Una que no se trata de ganar elecciones, sino de no perder el alma.

Y tal vez por eso puedo decirlo ahora sin disfraz: no soy un candidato sin candidatura. Hoy me siento más bien como un político sin máscara.

Sin embargo, hoy tuve una toma de conciencia todavía más profunda: no se puede estar en la política sin ser político. Y no me llegó por una gran teoría ni por una frase brillante, sino por algo mucho más simple, mucho más humano… por un error que cometí. Anoche estuve conversando con un amigo sobre un nuevo proyecto para Apacigua tu ser interior, uno que todavía no hemos anunciado, uno que estaba apenas en estado embrionario. Conversamos largo, con ilusión, con cuidado, con ese respeto silencioso que se siente cuando dos personas honestas hablan de algo que quieren hacer bien. Acordamos una forma, unos márgenes, una manera de caminarlo. No estaba cerrado, era apenas un borrador, pero ya había un acuerdo.

Esta mañana puse esa idea en papel para enviársela y, en el proceso, hice lo que siempre he hecho en mi vida creativa: agregar, pulir, mover, quitar, reinterpretar… hasta dejarla en una versión que a mí me parecía mejor. Y se la envié. En la noche él respondió algo muy simple: “Eso no es lo que habíamos hablado”. Sin reclamo. Sin enojo. Sin drama. Yo pensé que solo había hecho algunos ajustes, que no estaba traicionando nada, que incluso estaba enriqueciendo la idea. Pero esa frase quedó resonando dentro de mí como un eco terco: eso no es lo que habíamos hablado.

Y entonces entendí algo que no había querido ver con tanta claridad. En el mundo de la política, entre personas honestas, uno no se puede dar el lujo de alterar, decorar o reinterpretar un acuerdo por su cuenta. Si uno quiere cambiar algo, no se cambia solo. Se pregunta. Se conversa. Se vuelve a acordar. Me disculpé con él. Él comprendió. No estaba molesto. Pero a mí eso me quedó marcado como una cicatriz suave y profunda. Porque sentí en el pecho que había cruzado una línea invisible: yo había tocado un acuerdo sin volver a hablarlo.

Y ahora, después de todo esto, ya no sé si soy político o no lo soy en el sentido tradicional. Pero sí sé algo con absoluta certeza: esto no va a cambiar mi manera de ser, ni mi forma de pensar, ni mi forma de caminar la vida. Solo me deja una brújula todavía más clara. Cuando me toque estar en un lugar donde tenga que elegir entre ser político para ser honesto, o dejar de ser político para ser honesto, siempre voy a escoger el mismo lado. El lado donde la honestidad no se negocia.

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