No entiendo qué pasa con ellos

Me lo explicaba una psiquiatra política en una conversación serena, sin estridencias ni consignas. Decía que muchas de las personas que hoy apoyan el chavismo —y el continuismo que lo acompaña— no se identifican porque sean así, sino porque se reconocen emocionalmente en un discurso pachuco, ordinario y vulgar, aun cuando ellos no lo son. Y ahí empieza algo que merece pensarse con calma.

Porque la mayoría de quienes siguen ese discurso no son vulgares, no son ordinarios, no viven insultando ni buscando pleitos. No son corruptos, aunque la corrupción sea visible y reiterada. No son personas que disfruten el conflicto, aunque respalden a quien lo provoca. Es una identificación extraña, casi prestada, como si apoyaran una voz que grita lo que ellos no se permitirían decir, pero que sienten que alguien tiene que decir.

Eso, en sí mismo, ya debería encender una alerta.

Lo más desconcertante es que muchas de estas personas saben perfectamente que Costa Rica no se sostiene por caudillos, sino por instituciones. Saben que este país no es fuerte por un hombre o un grupo, sino por reglas claras, por contrapesos, por una arquitectura democrática que ha costado décadas construir. Y aun así, permiten que esas instituciones sean atacadas, debilitadas, ridiculizadas o puestas en riesgo.

Saben que la democracia es frágil. Saben que no es eterna. Saben que se pierde más fácil de lo que se recupera.  

Saben que nuestras libertades cotidianas —las que ya damos por sentadas— se sostienen sobre la Constitución. Saben que la vida que llevamos, con todos sus defectos y virtudes, depende de ese marco común. Y, aun así, están dispuestos a arriesgarlo todo por un discurso que no construye, sino que confronta.

Saben que estamos protegidos por la Sala Constitucional. Saben que ahí se resguardan derechos que no dependen del gobierno de turno. Y, aun así, toleran que se le ataque, que se le deslegitime, que se le señale como obstáculo, como enemigo, como estorbo.

Eso es lo que no logro entender.

Porque conozco a muchas de estas personas. He conversado con ellas. He debatido con algunas en mis artículos. Y en su inmensa mayoría son gente de bien. Personas decentes. Trabajadoras. Honestas. Personas que cuidan a sus familias, que respetan a los demás, que no viven desde el odio ni desde la trampa. Personas con valores. Y, sin embargo, siguen un modelo que evidencia no tenerlos.

Tal vez ahí está el punto más delicado de todos: cuando los valores personales se suspenden en nombre de una causa, cuando se hace una excepción ética “solo esta vez”, cuando se decide mirar hacia otro lado porque cuestionar sería demasiado incómodo. No porque no lo vean, sino porque verlo implicaría revisar decisiones propias.

La historia muestra que las democracias no suelen caer por culpa de malas personas. Caen cuando las buenas personas deciden no pensar demasiado, cuando justifican lo injustificable, cuando toleran lo intolerable porque creen que el daño será temporal o que a otros les tocará pagar el precio. Y el precio, cuando llega, nunca pregunta a quién votaste.

Quiero cerrar con una reflexión, no como acusación, sino como invitación honesta. Tal vez valga la pena detenerte un momento y preguntarte, con calma y sin defensas, si el discurso que hoy apoyas realmente refleja tus valores, o si solo estás prestándolos a alguien que no los tiene. Porque cuando el ruido pase, cuando las consignas se apaguen, lo único que queda es el país que ayudaste a construir… o a poner en riesgo.

Y esa responsabilidad, aunque duela, siempre es personal.

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