Anoche, en una actividad, varias personas me dijeron una frase que se me quedó resonando por dentro: “Yo voy con este mae”, refiriéndose al presidente actual. No lo dijeron con enojo ni con provocación, lo dijeron con naturalidad, casi como quien afirma algo obvio. Y justamente por eso vale la pena detenerse a pensarla con calma.
Lo primero que llama la atención es la contradicción. Durante meses se ha insistido en que no es él, que es otra figura, que es otro nombre. Sin embargo, cuando en el lenguaje cotidiano aparece ese “yo voy con él”, algo se revela. El discurso público dice una cosa, pero el subconsciente dice otra. Y el subconsciente suele ser más honesto de lo que creemos.
Lo segundo, y quizá lo más delicado, es lo que esa frase normaliza sin darse cuenta. Decir que se va “con él”, sabiendo que la Constitución no permite la reelección, implica algo más profundo que una simple preferencia política. Implica, al menos, no rechazar la idea de que una persona concentre el poder más allá de los límites establecidos. Tal vez no sea una intención consciente, pero sí una señal que merece reflexión.
No se trata de acusar, ni de señalar con el dedo. Se trata de observar cómo el lenguaje revela nuestras ideas más profundas. A veces, sin querer, abrimos la puerta a conceptos que como país hemos jurado no cruzar. Por eso es sano detenerse, respirar y preguntarse qué estamos diciendo cuando hablamos, y qué estamos aceptando cuando repetimos ciertas frases.
La democracia no solo se cuida en las urnas, también se cuida en el lenguaje, en las ideas que normalizamos y en los límites que estamos dispuestos a defender incluso cuando nadie nos los está pidiendo. Pensarlo no divide. Pensarlo, al contrario, nos vuelve más conscientes.
