Honestamente, no sé qué pasa por la cabeza de quienes hoy defienden el continuismo. Y no lo digo desde la burla ni desde el insulto, sino desde una preocupación genuina, casi desconcertante. Durante mucho tiempo pensé que todo se explicaba por el resentimiento acumulado hacia gobiernos anteriores, por heridas reales que no fueron atendidas y por una sensación de abandono que encontró, por fin, un discurso donde descansar. Eso podía entenderse. No necesariamente compartirse, pero sí entenderse.
Hoy ya no estoy tan seguro de que esa explicación alcance.
Cada vez me parece más claro que el resentimiento funciona apenas como excusa, como una narrativa cómoda que evita una pregunta más incómoda: ¿qué se está defendiendo realmente cuando se defiende el continuismo? Porque cuando uno escucha con atención, cuando quita las consignas y los eslóganes, cuando apaga el ruido, lo que queda muchas veces es un vacío. No una idea clara de país, no un proyecto articulado, no una visión de largo plazo. Solo una adhesión emocional, casi automática.
Y eso es peligroso.
Defender algo sin saber exactamente por qué se defiende no es convicción, es inercia. Es dejarse llevar. Es votar desde el reflejo y no desde la conciencia. Es repetir frases aprendidas sin detenerse a contrastarlas con la realidad, con los hechos, con las consecuencias. No porque no existan razones legítimas para estar molesto con el pasado, sino porque el futuro no se construye únicamente desde el enojo.
Lo más inquietante no es que haya personas que crean en la continuidad del modelo actual. En democracia, eso siempre puede pasar. Lo inquietante es la ausencia de autocrítica, la incapacidad de cuestionar incluso aquello que se apoya. Cuando cualquier pregunta es vista como traición, cuando cualquier duda se responde con agresión o burla, algo ya se rompió en el camino.
Pareciera, desde fuera, que muchos no defienden una idea, sino una identidad. Como si reconocer errores, riesgos o señales de alerta implicara perder algo propio, rendirse, admitir una derrota personal. Y entonces se sigue adelante, no porque se esté convencido, sino porque detenerse a pensar sería demasiado incómodo.
La democracia no exige unanimidad. Exige lucidez. Exige ciudadanos capaces de decir “esto no me gusta, pero aquello tampoco”, capaces de revisar sus propias posturas sin sentir que el mundo se derrumba. Cuando esa capacidad desaparece, cuando el pensamiento se vuelve binario y emocional, la democracia empieza a debilitarse desde adentro.
No se trata de nostalgia por el pasado ni de idealizar gobiernos anteriores. Se trata de algo mucho más básico: entender que votar sin claridad es renunciar al sentido mismo del voto. Que apoyar sin comprender es delegar el criterio propio. Y que ningún país sale fortalecido cuando una parte importante de su población ya no sabe explicar, con calma y argumentos, por qué está eligiendo lo que elige.
Tal vez por eso cuesta tanto dialogar. No porque haya posiciones distintas, sino porque muchas veces no hay posiciones, solo reacciones. No hay un “creo en esto”, sino un “no quiero aquello”, y con eso se pretende gobernar el futuro.
Pensar duele. Cuestionarse incomoda. Pero es el precio mínimo de vivir en libertad. Cuando ni siquiera eso estamos dispuestos a pagar, conviene detenerse un momento y preguntarse si no estamos caminando, sin darnos cuenta, hacia un lugar del que luego será difícil regresar.
Te dejo una pregunta abierta, no como provocación, sino como invitación honesta: si hoy tuvieras que explicar, sin consignas y sin enojo, por qué eliges lo que eliges, ¿podrías hacerlo con claridad?
