¿Por qué no deberíamos votar por el continuismo?
Indistintamente de que el gobierno de don Rodrigo Chávez te haya gustado mucho, hay un hecho que conviene mirar con frialdad y sin pasión: las probabilidades de que él forme parte real y estable del siguiente gobierno son muy remotas. Y esto no es una opinión emocional, sino una lectura política y jurídica del escenario que viene.
Don Rodrigo enfrenta procesos y situaciones legales que, según es de conocimiento público, deberá atender ante los tribunales. Para poder participar activamente en un eventual gobierno posterior, tendría que hacerlo desde una figura como el Ministerio de la Presidencia, una posición que le otorgaría inmunidad. Pero esa inmunidad no es automática ni garantizada, y el Poder Judicial —como corresponde en una democracia— buscará ejercer sus competencias para revisarla o eventualmente levantarla.
Eso implica algo muy concreto: para conservar esa protección legal, sería necesario mantener alianzas constantes y frágiles en la Asamblea Legislativa, con el único fin de evitar que se le retire el fuero. Ya se ha intentado antes quitarle esa inmunidad, y aunque no se ha logrado, el contexto cambia cuando ya no se es presidente de la República. En la práctica, sostener esa condición durante cuatro años completos resulta altamente improbable.
Por lo tanto, hay que decirlo con claridad: quien realmente gobernaría sería doña Laura. Y aquí aparece una segunda pregunta incómoda, pero necesaria. No existe ninguna garantía real de que doña Laura vaya a respetar, sostener o ejecutar durante cuatro años las decisiones, el estilo o las directrices de don Rodrigo. La historia política demuestra que los liderazgos delegados rara vez se comportan como extensiones obedientes de otro.
Así que, para quienes están votando por el continuismo convencidos de que están votando por Rodrigo Chávez, vale la pena detenerse un momento. Ese escenario es, en el mejor de los casos, incierto. En el más realista, simplemente no es así.
Este no es un juicio de valor sobre si te gustó o no su gobierno. Es una invitación a mirar con honestidad quién tendría realmente el poder, quién tomaría las decisiones y en qué condiciones se ejercería ese poder. Y eso, cuando se trata del futuro de un país, no es un detalle menor.
