¿Por qué no deberíamos votar por el continuismo?
Un país no se gobierna a punta de impulsos. No se conduce con ocurrencias del día ni con anuncios que se corrigen al siguiente. Gobernar implica método, planificación, coherencia y una visión que vaya más allá del aplauso inmediato. Y aquí aparece uno de los problemas más delicados del continuismo: la improvisación convertida en estilo.
Durante este gobierno hemos visto decisiones anunciadas con fuerza que luego se diluyen, se ajustan o se contradicen. Propuestas que se comunican sin el debido sustento técnico, medidas que se lanzan antes de estar listas, mensajes que cambian según el clima político del momento. Eso genera una sensación de energía, de acción constante, pero también produce inestabilidad.
La improvisación puede parecer valentía, pero en la práctica es incertidumbre. Y la incertidumbre tiene costos reales: frena inversión, debilita la confianza, confunde a la ciudadanía y desgasta a las instituciones que deben ejecutar políticas que no siempre están bien pensadas o coordinadas.
Un gobierno serio no reacciona todo el tiempo; anticipa. No corrige sobre la marcha cada semana; planifica. No gobierna desde el conflicto permanente; construye acuerdos, aunque sean difíciles. Cuando la improvisación se vuelve la norma, el país entra en un estado de ensayo y error constante que puede ser muy caro.
El continuismo propone seguir exactamente con esa lógica. Con un estilo que privilegia el impacto del anuncio sobre la solidez de la política pública. Con una narrativa que celebra el choque y minimiza la técnica. Y eso, para un Estado complejo como Costa Rica, no es sostenible.
Gobernar no es probar suerte. Gobernar es asumir responsabilidad.
Pensar el voto también implica preguntarse si queremos cuatro años más de reacciones improvisadas o si el país necesita, con urgencia, estabilidad, previsibilidad y rumbo claro.
