Una conversación que revela más de lo que parece

Recientemente estuve en una actividad social y, en medio de la dinámica propia del evento, conocí a una señora que estaba encargada de ciertos aspectos de la organización. En una conversación casual me preguntó a qué me dedicaba, y le respondí con naturalidad que trabajo en Apacigua tu ser interior. Me pidió que le explicara de qué se trataba, y le dije que era una campaña ciudadana para bajar la efervescencia que se vive en el ambiente político del país. En ese momento noté un cambio inmediato en su expresión. Algo se tensó.

Continué hablando, con calma, y añadí que una parte de mi trabajo consistía en tratar de unir a los candidatos que están de este lado de la barrera. Su reacción fue inmediata y brusca: “¿Cuál lado de la barrera?”.

Le respondí con honestidad: el antichavismo. Entonces me dijo, sin rodeos, que ella era chavista, y que a su parecer el tono agresivo venía de ambos lados. Le di la razón. Es cierto, hoy la gente se insulta desde todos los frentes. Coincidimos incluso en que eso no se vale, y le expliqué que precisamente en eso estamos trabajando: en bajar el nivel de agresión.

Pero la conversación dio un giro interesante. De pronto afirmó, elevando la voz, que ya se sabía que Laura tenía un 30% y que aun así la gente seguía discutiendo. En ese momento tuve que marcar un límite. Le pedí que no alzara el tono y le señalé algo con serenidad: nadie estaba hablando de estadísticas. Estábamos hablando de la efervescencia emocional. Y, casi sin darse cuenta, ella había sacado números como arma, no para informar, sino para imponerse. Para pelear.

Con una mirada fuerte y en un doblar de cejas, le hice notar que de alguna manera su rango, en ese evento que organizaba por órdenes, yo era el invitado especial, y seguro que entendió que no debía hablarme fuerte.

Se lo dije con respeto, pero con claridad. Le hice notar que en ese instante estaba encarnando exactamente esa efervescencia de la que hablábamos. Yo no la había atacado, no la había provocado, no la había descalificado. Y aun así, su reacción fue subir el volumen, tensar el ambiente y llevar la conversación a un terreno de confrontación. Eso dice mucho, no de ella como persona, sino del clima emocional que se ha instalado.

Cuando hice ese señalamiento, el tono bajó de inmediato. Siguió siendo chavista, por supuesto, pero algo se acomodó. Tal vez se dio cuenta de que estaba frente a alguien que no quería pelear, pero que tampoco iba a permitir que la agresividad pasara desapercibida. Fue un momento revelador. Incluso un poco atemorizante, por la facilidad con la que una conversación tranquila puede escalar sin razón aparente.

Esta experiencia me dejó una reflexión clara. La efervescencia no siempre se manifiesta en insultos explícitos. A veces aparece en la necesidad compulsiva de imponer, de levantar la voz, de sacar cifras como escudos, de convertir cualquier intercambio en una competencia. Y eso no nace de la conversación, nace del estado interno.

Apaciguar el ser interior no es una consigna ingenua. Es una necesidad urgente. Porque mientras no seamos capaces de conversar sin enervarnos, de disentir sin atacar y de escuchar sin prepararnos para responder, el país seguirá respirando con dificultad. Y eso, más allá de banderas y simpatías, debería preocuparnos a todos.

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