Esta noche, en las primeras horas de la noche, atacaron mi Facebook. No fue una sensación, no fue una paranoia, fue un hecho técnico y concreto. Al parecer, lo hicieron de varias maneras al mismo tiempo. Por un lado, intentaron entrar a mi cuenta. Además, reportaron mi perfil repetidas veces como cuenta fantasma o como cuenta ilegal. Y, paralelamente, crearon una cuenta gemela a la mía para hacerse pasar por mí. Facebook atendió las tres solicitudes y, en cuestión de minutos, mis cuentas quedaron bloqueadas. Afuera. Sin acceso desde mi teléfono y sin acceso desde el servidor de mi oficina.
De pronto, simplemente no estaba.
Quienes usamos redes sociales para compartir ideas, reflexiones y conversaciones profundas sabemos lo vulnerable que puede ser ese espacio. No porque dependa de él nuestra identidad, sino porque ahí se ha construido comunidad, diálogo, intercambio humano. De un momento a otro, todo eso quedó en pausa.
Dichosamente, y lo digo con absoluta claridad, pago el servicio de verificación de Meta. Gracias a eso, pude desde otro dispositivo iniciar el proceso para demostrar algo tan básico y tan absurdo a la vez: que yo era yo. Que no era una cuenta falsa. Que no era una cuenta ilegal. Que no era un bot, ni una sombra, ni una simulación.
Fue una carrera contra el tiempo. Tuve que enviar todos mis atestados a Facebook en cuestión de minutos para no quedar fuera por horas o días. Grabé un video siguiendo instrucciones precisas, mostrando el rostro, repitiendo códigos, cumpliendo pasos específicos para que el sistema pudiera validar mi identidad. Mientras eso ocurría, un antivirus corría en el servidor de mi oficina, revisando que las computadoras estuvieran limpias, que no hubiera malware, que no hubiera una puerta abierta que justificara el bloqueo.
Facebook, normalmente, tarda varios días en revisar este tipo de autenticaciones. Esta vez fue más rápido. Probablemente influyó el servicio de verificación, probablemente influyó la coherencia de la información cruzada entre dispositivos. Lo cierto es que, entre claves, códigos, verificaciones y cruces de datos, logramos recuperar el control.
Vi, casi en vivo, como a Facebook borraba las cuentas gemelas que se habían creado
Blindamos mi cuenta nuevamente.
Blindamos mis servidores.
Blindamos mis páginas web.
Blindamos los servidores que mis sitios tienen en Miami, los que operan aquí, y los que contrato en otro punto de USA.
Y aquí estamos, otra vez.
Podría quedarme solo en el relato técnico. Pero no tendría sentido. Porque lo que pasó esta noche también invita a una reflexión más profunda.
Cuando una voz empieza a incomodar, cuando una conversación se sostiene sin gritos, cuando un espacio propone pensar en lugar de reaccionar, no siempre la respuesta es el debate. A veces es el intento de silenciamiento. No frontal, no valiente, sino lateral, anónimo, escondido detrás de reportes y ataques digitales.
No lo digo con dramatismo. Lo digo con calma. Esto no me victimiza ni me asusta. Al contrario: me confirma algo. Pensar en voz alta, con respeto y con firmeza, tiene impacto. Y cuando tiene impacto, también genera resistencias.
Esta experiencia no me hace gritar más fuerte. Me hace ser más cuidadoso, más consciente y más claro. Me recuerda que la democracia, incluso en lo digital, se cuida. Que la libertad de expresión no es un regalo automático, sino algo que se defiende también con responsabilidad técnica y emocional.
Al principio no tenía tiempo de pensar en cómo me sentía, mientras estaba verificando mi identidad, y los técnicos externos revisaban todo; pero una vez que todo pasó y quedó blindo, me embargó una sensación de ultraje, de violación; además de tristeza, de ver a lo que hemos llegado en este país. Inimaginable que esto suceda en tiempos electorales.
Seguimos.
Con más calma.
Con más conciencia.
Y, si hace falta, con más respaldo.
Apacigua tu ser interior.
Incluso cuando intentan apagar la pantalla.
