Cuando el rótulo ya no explica la realidad

A quienes hoy siguen señalando al Partido Liberación Nacional casi por reflejo, quiero decirles algo con calma y sin ánimo de provocar. El PLN que muchos critican ya no es, ni de lejos, el mismo de otras épocas. Hoy, en gran medida, el partido es poco más que los colores de la bandera. Y decir esto no es defenderlo ni atacarlo; es simplemente describir una realidad política que muchos prefieren no mirar.

Las grandes figuras históricas se retiraron. Los Arias ya no están. Muchos dirigentes conocidos salieron por decisión propia o fueron desplazados de distintas formas. Y una parte importante de quienes cargaban cuestionamientos, polémicas o prácticas que tanto se critican no desaparecieron: se trasladaron. Hoy militan, apoyan o gravitan alrededor del partido de gobierno. Eso también hay que decirlo, aunque incomode.

Por eso resulta curioso ver cómo desde el oficialismo se sigue usando a Liberación Nacional como sinónimo automático de corrupción. Porque cada vez que se señala la corrupción de Liberación desde ese lugar de poder, lo que en realidad se está confesando —aunque no se note— es que este oficialismo está lleno de esas mismas prácticas. Si no, ¿de dónde vienen? ¿De qué cantera salieron muchas de las figuras que hoy sostienen el gobierno?

La política tiene memoria, aunque algunos finjan amnesia. Las personas no se evaporan, se mueven. Cambian de partido, de discurso y de camiseta, pero no siempre cambian de forma de hacer las cosas. Por eso insistir en señalar al PLN como el gran culpable de todo termina siendo una trampa discursiva para quien la usa.

Cuida lo que decís. Y cuida también lo que te dijeron que dijeras. Porque repetir consignas sin revisar el presente puede convertirse, sin darte cuenta, en soga pa’ tu propio pescuezo.

Tal vez ya es momento de dejar de pelear contra fantasmas del pasado y empezar a analizar con honestidad dónde está hoy el poder, quiénes lo ejercen y cómo lo ejercen. No para absolver a nadie, sino para no seguir confundiendo al país. Porque en democracia, repetir discursos heredados sin pensamiento crítico no es firmeza. Es distracción.

Los fantasmas ya no viven ahí

Cada vez que desde el oficialismo se critica al Partido Liberación Nacional por corrupción, vale la pena detenerse un momento y observar el presente. Porque gran parte de esas figuras, prácticas y formas de hacer política ya no están ahí. Se movieron. Hoy gravitan, militan o sostienen al partido de gobierno.

Por eso insistir en atacar al PLN como si fuera el epicentro de todos los vicios termina siendo una confesión involuntaria. Cada señalamiento repetido es, en el fondo, admitir que este oficialismo reúne a buena parte de aquello que dice combatir.

Tal vez ya es momento de dejar de pelear contra los fantasmas del pasado y empezar a analizar con honestidad dónde está hoy el poder y quiénes lo ejercen. Porque repetir viejos discursos sin mirar la realidad actual no es lucidez política. Es negación.

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