Quiero vivir en paz

Hubo un tiempo en que muchas mujeres caminaban con más ligereza. No porque el mundo fuera perfecto, sino porque la vida cotidiana no estaba atravesada por esta sensación constante de alerta. Antes se podía volver a casa sin mirar dos veces hacia atrás, dormir sin sobresaltos, abrir una ventana sin preguntarse quién podría estar mirando desde afuera. Hoy, para muchas, esa tranquilidad se ha ido diluyendo sin que nadie se haga realmente responsable.

No es cobardía sentir miedo. El miedo no te hace débil. El miedo aparece cuando algo esencial se rompe, cuando la paz deja de ser un derecho y se convierte en un lujo. Hay mujeres que nunca habían vivido con esta carga en el pecho y hoy sienten que algo cambió, que el país ya no las cuida como antes, que el entorno se volvió más áspero, más indiferente, más solitario. Y ese miedo no es una idea política, es una experiencia diaria que se mete en la piel.

Cuando una mujer dice que no duerme igual, que ya no camina tranquila, que se le encoge el cuerpo al escuchar un ruido en la noche, no está exagerando. Está describiendo una pérdida profunda: la pérdida de la confianza básica. Esa que te permite vivir sin estar luchando todo el tiempo. Porque vivir no debería ser una batalla constante. Vivir debería ser, al menos, un espacio de respiro.

Hay una herida particular cuando el abandono viene de donde se esperaba cuidado. Cuando se siente que quienes tenían la responsabilidad de proteger se alejaron, minimizaron, callaron o miraron hacia otro lado. Eso duele más. No solo por lo que pasa afuera, sino por lo que se rompe adentro. La tranquilidad no se roba con violencia directa; muchas veces se va perdiendo por omisión, por descuido, por indiferencia.

Y no se trata solo de una mujer. Se trata de su hija, que aprende a mirar el mundo con desconfianza demasiado pronto. Se trata de su madre, que pensó que ya había dejado atrás ciertos miedos. Se trata de la amiga, de la hermana, de la vecina que finge estar bien mientras calcula rutas, horarios y silencios. El miedo se hereda cuando no se protege a tiempo.

Costa Rica, para muchas mujeres, siempre fue una madre simbólica. Un lugar que, con todas sus imperfecciones, ofrecía abrigo, contención y cierta promesa de paz. Cuando esa madre parece desprotegida, cuando no se siente cuidada, el desasosiego se multiplica. Porque cuidar a la madre también es cuidarse una misma.

Querer vivir en paz no es rendirse. Es un acto de dignidad. No querer luchar todo el tiempo no es debilidad; es humanidad. Hay mujeres que no piden privilegios, piden tranquilidad. Piden volver a soñar sin miedo, volver a habitar su casa y su cuerpo sin sobresalto, volver a confiar en que el país las sostiene y no las abandona.

La paz no es un discurso bonito. Es una condición básica para vivir. Y cuando se pierde, no basta con palabras duras ni promesas grandilocuentes. Hace falta una mirada distinta, una forma de gobernar que no robe calma, que no normalice el miedo, que no les diga a las mujeres que aguanten un poco más.

Tal vez llegó el momento de preguntarnos, con honestidad y sin gritos, si queremos seguir viviendo así. Si este es el país que queremos heredar. Si estamos dispuestos a elegir un camino que devuelva tranquilidad en lugar de quitárnosla. Porque una sociedad que no cuida la paz de sus mujeres es una sociedad que se queda sin futuro.

Quiero vivir en paz

A veces me pregunto
en qué momento dejé de dormir tranquila,
en qué noche empecé a escuchar ruidos
donde antes solo había silencio.

Antes caminaba sin pensar,
antes mi casa era refugio,
antes el miedo no se sentaba conmigo
cuando apagaba la luz.

No soy cobarde,
nunca lo he sido,
pero estoy cansada de estar alerta,
cansada de mirar por la ventana
como si alguien pudiera estar mirando de vuelta.

Hay días en que siento
que me dejaron sola,
que quienes debían cuidar
se fueron sin avisar
y me dejaron cargando esta angustia
como si fuera normal.

No me da fe este presente,
no me da paz esta sensación constante,
me robaron la tranquilidad
sin tocarme,
sin gritar,
solo dejando que el miedo creciera.

Yo no quiero luchar todo el tiempo,
quiero vivir,
quiero dormir sin sobresaltos,
quiero volver a soñar
sin pensar qué puede pasar mañana.

Mi hija merece paz,
mi madre merece descanso,
mi amiga, mi hermana,
todas merecemos caminar sin miedo
por la calle,
por la vida,
por nuestra propia casa.

Costa Rica fue mi madre,
me cuidó,
me abrazó,
me enseñó a confiar.
Hoy la siento cansada,
desprotegida,
y cuando la madre tiembla
las hijas también.

No quiero que me quiten la calma,
no quiero vivir con esta presión en el pecho,
no quiero sentir que debo aguantar
porque “así son las cosas ahora”.

Quiero volver a sentirme segura,
quiero cerrar los ojos sin miedo,
quiero que la noche vuelva a ser descanso
y no amenaza.

No estoy pidiendo privilegios,
estoy pidiendo paz.
La paz simple,
la de todos los días,
la que te permite vivir
sin estar defendiéndote del mundo.

Déjenme vivir en paz.
Déjennos vivir en paz.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio