Ojalá las familias se sentaran a hablar de cosas tan hermosas como la unión, el amor, la mesa compartida, las risas de siempre. Ojalá. Pero hay familias que este año se van a sentar a hablar de otra cosa. De si su hija llega bien a la casa. De si su hermano está a salvo. De si su papá vuelve. Porque los homicidios se han triplicado y el miedo ya no es una estadística: es una conversación diaria.
Hablamos de seguridad alimentaria, de seguridad en las calles, de seguridad jurídica. Hablamos de todo eso mientras ponemos el mantel de Navidad. Y en esta Navidad en particular, no nos acompaña la calma. Nos acompaña el temor de una elección que se acerca y la sensación profunda de que necesitamos un cambio. No porque nos guste el cambio, sino porque el miedo ya se metió en la casa.
El problema es que ahora la preocupación no es solo a quién elegir. El problema es que tenemos miedo de volver a enamorarnos de alguien. Miedo de creer. Miedo de confiar. Aunque tengamos veinte opciones, el miedo nos paraliza. Y así, la cena de Navidad ya no es solo una celebración: es la incertidumbre sentada a la mesa con nosotros.
Y mientras tanto, el tamal lo hemos llenado de arroz importado. La masa la hicimos con las lágrimas de los paperos de Cartago, agricultores que han sufrido en silencio, viendo cómo su trabajo se devalúa, cómo su esfuerzo ya no alcanza, cómo la tierra duele. Y aunque tengamos la mesa llena, aunque la comida esté servida, el joven médico de la familia no vendrá esta noche. No porque no quiera, sino porque abnegadamente se quedó haciendo doble turno en un servicio de salud que ya no da abasto. Porque alguien tiene que sostener lo que se está cayendo.
Es duro aceptar que alguien nos enseñó a celebrar con miedo. Que nos quitó la posibilidad de vivir la Navidad como siempre. No porque nos hayan quitado la comida, las luces o los regalos. Nos quitaron la tranquilidad. Nos quitaron la sensación de hogar seguro. Nos dejaron con el miedo de no ser suficientes para salvar a Costa Rica.
El ambiente está cargado. Se siente. Hay una preocupación que no se disimula, porque estamos frente a las elecciones más importantes que ha vivido este país en muchísimo tiempo. No es una elección más. Es una elección donde se juega la paz, la institucionalidad, la convivencia, la democracia.
Necesitamos votar por alguien que nos dé confianza. Por alguien con quien no temamos perder la democracia. Con quien no temamos perder el derecho a la salud pública. Con quien no tengamos que preguntarnos si mañana habrá que pagar por vivir, por enfermarse o por envejecer. Necesitamos volver a sentir orgullo, incluso de la familia presidencial, de verlos juntos, trabajando por la patria, sin vergüenza, sin miedo, sin sobresaltos.
Y aquí la pregunta es directa, sin rodeos: ¿cuántos años tienes? Si eres joven, tienes la responsabilidad de pensar en una Costa Rica parecida a la que disfrutaron tus padres. Y si ya tienes más años, decide con conciencia para seguir viviendo en un país donde la vida tenga dignidad, donde la vejez no sea una amenaza y donde la pensión no sea un privilegio en riesgo.
No entreguemos la patria. No la pongamos en riesgo. No normalicemos el miedo como forma de vida.
Que no llegue alguien que ponga en peligro la vida como la has conocido… o como la has soñado. Que esta Navidad no sea recordada como el año en que aprendimos a celebrar con miedo, sino como el año en que decidimos recuperar la paz.
Porque Costa Rica merece volver a respirar tranquila.

Así es, exactamente! Siempre das en el clavo, siempre tocas la llaga, siempre vas directo. Muchas gracias por tus publicaciones, me encantan. Que tengas una preciosa Nochebuena y una linda Navidad.