Hoy me reuní con Karen Segura, candidata a la primera vicepresidencia de la República por el Partido Liberación Nacional, acompañada por Álvaro Ramos.
Te voy a ir contando algunas cositas con calma, porque esta es una de esas historias que no se escriben de una sola vez, sino por capas.
La entrevista la había solicitado —si mal no recuerdo— hace ya bastante tiempo. Y digo “bastante” tomando en cuenta que llevo apenas dos o tres meses metido de lleno en estos temas. Me la confirmaron para este lunes a las tres y treinta de la tarde. Ya me habían advertido algo que después comprobaría por mí mismo: que Karen era muy buena gente, simpática, cercana, amable. También me dijeron que la entrevista sería a solas.
Llegué quince o veinte minutos antes de la hora acordada. Afuera, unos muchachos del partido estaban con banderas, organizando algunas cosas. Y ahí ocurrió el primer gesto que me marcó la reunión: Karen salió hasta la calle a recibirme. No mandó a nadie. No esperó en la oficina. Salió ella.
Más adelante, ya en la conversación —que terminó siendo mucho más reunión que entrevista— me confesó algo que me llamó la atención por lo espontáneo. Andaba con un dolor en el brazo y me dijo que, una vez que me vio, el dolor se le quitó. Que se conectó en un modo de disfrute, de conversación tranquila. Yo no suelo subrayar estas cosas, pero cuando alguien te lo dice así, sin pose ni cálculo, uno lo recibe como viene.
La acompañé hasta su oficina. Ahí estaban dos chicos que la ayudan como parte de uno de sus equipos, porque Karen maneja varios equipos distintos en sus tareas como posible futura vicepresidenta. Antes de empezar, me preguntó si prefería que estuviéramos a solas o si podían quedarse ellos. Le dije que perfectamente podían estar. Me pareció importante que escucharan, que fueran parte, que aportaran si así lo sentían.
Durante buena parte de la reunión permanecieron en silencio. Atentos, respetuosos. Y poco a poco, conforme la conversación se fue haciendo más cercana, más humana y menos protocolaria, el ambiente se volvió familiar. Ya no era una entrevista con preguntas y respuestas, sino una conversación que respiraba.
Básicamente, como ha ocurrido en todas las reuniones —aunque a veces las llamemos entrevistas—, lo que menos hay es un formato rígido. No son entrevistas tradicionales con candidatos ni con familiares de candidatos. Son encuentros humanos. Espacios para conocer a la persona antes que al cargo.
La conversación siempre se mueve desde ese lugar. Preguntar si se ven en Casa Presidencial, cómo se sienten con esa posibilidad, qué les pasa por dentro cuando el estrés aprieta, qué recursos usan para apaciguarse cuando el ruido externo se vuelve demasiado fuerte. Cómo son como personas, no como figuras públicas. Y lo curioso es que muchas de esas respuestas llegan incluso antes de que la pregunta exista. Van apareciendo solas, cuando hay confianza y no hay apuro.
Eso es lo que busco. Y se lo digo a casi todas las personas con las que me reúno: la idea no es fiscalizar, ni acorralar, ni poner en aprietos. La idea es que me enamoren. Que yo pueda conectar con algo genuino para luego escribir desde ahí. No para inducir un voto ni convencer a nadie, sino para que el país conozca la parte humana de quienes están sacrificando una porción enorme de su vida personal, familiar y emocional con la esperanza de hacernos la vida mejor.
Porque antes de cualquier cargo hay personas. Personas que sienten miedo, cansancio, ilusión y dudas. Personas que se apaciguan como pueden. Personas que dejan la comodidad de su rutina para exponerse al juicio público. Mostrar esa humanidad, sin adornos ni discursos prefabricados, me sigue pareciendo una de las tareas más necesarias en medio de esta campaña.
Desde ahí escribo. Desde ahí observo. Desde ahí sigo creyendo que conocer al ser humano detrás del nombre también es una forma de cuidar la democracia.
Con doña Karen el trabajo fue tremendamente sencillo. Y digo “doña Karen” porque estoy escribiendo, porque el texto lo pide. Pero en la reunión la llamaba por su nombre, le hablaba de vos, sin distancias ni formalismos forzados. Fue tan ameno, tan personal y de tanta confianza, que estoy seguro de que ambos lo disfrutamos mucho.
Y no solo ella y yo. También los chicos que estaban ahí acompañaron la conversación con una presencia respetuosa y cuidada. No era un silencio incómodo, sino un silencio que escucha y deja espacio. Conforme la charla avanzaba, se notaba que también ellos estaban dentro del clima de cercanía que se había creado.
Hubo risas, comentarios espontáneos, momentos de reflexión y otros más ligeros. Nada ensayado. Nada calculado. Esos encuentros en los que uno se da cuenta de que no está “haciendo una entrevista”, sino compartiendo un momento humano real con alguien que no está actuando un papel.
Fabi, una muchacha dulce, apenas entrando en sus veintes, guardaba silencio mientras seguía aplicada en su trabajo. Cris, de apariencia fornida, levantaba la mirada de vez en cuando, como midiendo el pulso de la conversación. En él había algo que contrastaba: una ternura interna que no lograba —ni parecía querer— ocultar. Ambos forman un equipo perfecto para acompañar a Karen.
Ella es una mujer de matices, de estampas difíciles de leer. No es lineal ni predecible. Exige presencia total. Tiene una luz propia. De esas que no se imponen, pero tampoco se apagan.
Trabajó en la fábrica de tortillas de su familia. Ahí empezó su amor por la administración de empresas, carrera que luego cursó formalmente. Y la vida siguió su recorrido con giros inesperados. Entre la fábrica y el hoy resulta que es experta en seguridad. Así, sin aviso. Puede desarmar un arma en once segundos. Y, como si todo eso no fuera suficiente, fue coronada reina en tres certámenes distintos. Curiosamente, eso es lo más fácil de creer.
Así es Karen Segura: difícil de encasillar, imposible de reducir, profundamente interesante.
Definitivamente logré lo que esperaba. Me enamoré de ella. Y estoy seguro de que también la enamoré. Quedamos muy agradados ambos, en ese lugar raro y bonito donde no hay cálculo ni pose, solo conexión honesta.
Dos horas después, la reunión concluyó casi sin darnos cuenta. Hablamos de política, sí, pero también de seguridad, educación, campaña, giras y visitas. Me contó que practica ballet, que camina, que hace pesas. Detalles pequeños que dicen mucho de alguien que cuida su cuerpo y su mente mientras carga responsabilidades grandes.
Es una mujer sobresaliente. Impresionante. Invitada a acompañar al candidato en su fórmula presidencial no por vanidad ni ambición, sino por claridad y preparación. Sabe lo que aporta. Sabe dónde suma. Sabe por qué vale la pena hacerlo.
Así se cerró el encuentro con Karen Segura. Con la sensación serena de que, cuando la política se encuentra con la vocación y la preparación, todavía es posible imaginar un país mejor sin levantar la voz.
Y eso, en estos tiempos, ya es una enorme noticia.
