Votar no arregla todo. No lo hace. No transforma el país de la noche a la mañana. No elimina problemas por arte de magia. Pero no votar tampoco arregla nada. Absolutamente nada.
Votar no es el final del compromiso. Es el inicio. Es el mínimo. Es decir: me importa lo suficiente como para estar. Lo suficiente como para elegir. Lo suficiente como para no delegar todo.
Las sociedades no se sostienen por personas perfectas, sino por personas presentes. Y estar presente empieza con una decisión sencilla, concreta y poderosa.
De 18 a 22. Tu voto importa.
