Una conversación con Rosi

Rosi… ¡oh, Rosi!

En diciembre le había escrito algunos mensajes a Eli Feinzaig. La intención era sencilla, aunque profunda: reunirnos para una entrevista, con él o con alguien de su familia. No se había concretado nada todavía, hasta que un día, cuando ya iban saliendo de vacaciones de fin de año, me llamó por teléfono. Se puso a mis órdenes con una naturalidad que agradecí de inmediato. Le dije que podía ser con él, o con alguien cercano, alguien que lo conociera de verdad.

Iban en el carro, él y su esposa, y en ese momento dijo algo que terminó marcando todo: “Ah, puede ser con Rosi”. Rosi Waisman. Y agregó, casi sin pensarlo: “Ella es la que mejor me conoce… y la que más me quiere”. Yo le había explicado que eso era justo lo que estaba buscando. No quería entrevistar a un político; quería hablar con alguien que lo amara, para poder escribir desde ese lugar. Enamorarme de él como ser humano, para luego escribir enamorado, y que Costa Rica pudiera verlo también desde ahí.

Para mí eso es fundamental, especialmente en tiempos electorales. Insistir, una y otra vez, en algo que parece obvio, pero no lo es: los políticos no son corruptos por ser políticos. La corrupción atraviesa a la sociedad entera, en todos los campos. Hay personas íntegras y personas corruptas en la política, igual que en cualquier otro espacio. Parte del trabajo de “Apacigua tu ser interior” tiene que ver con eso: bajar el ruido, calmar los ánimos, recordar que muchos candidatos y muchas figuras públicas ponen su vida en pausa para atender una causa en la que creen, con costos personales enormes.

La reunión quedó pendiente durante un tiempo. No recuerdo si fue él quien volvió a tocar base o si fui yo. Lo cierto es que quedamos en una fecha, una hora, y Rosi vino. Ese lunes, a la hora acordada, me escribió un mensaje sencillo: “Ya estoy aquí afuera, no sé cuál casa es”. Salí, la encontré en la calle, en la acera, y entramos juntos.

Rosi es una mujer hermosísima. No hablo solo de lo físico, sino de algo más difícil de nombrar. Tiene un tono de voz particular, pausado, casi extranjero, dulce. Una dulzura que se le nota al hablar, al moverse, al estar. Incluso en cómo iba vestida había una coherencia suave, sin estridencias, sin poses. Todo en ella parecía decir “tranquilidad”.

No tuve que hacerle preguntas. Mis entrevistas no funcionan así. No son interrogatorios ni cuestionarios. Son conversatorios. Y después, cuando escribo, no escribo exactamente lo que me dijeron, sino lo que sentí, lo que percibí, lo que quedó vibrando. A veces los familiares o los propios candidatos dicen cosas de las que luego prefieren no hacerse cargo, porque tal vez no era el momento, o porque son demasiado íntimas. Pero yo no me enfoco en las palabras exactas, sino en cómo las dicen. Cómo sienten. Cómo viven. Cómo sueñan. Qué los fortalece. Qué los debilita. Qué los apacigua. Qué los desbalancea.

Nos sentamos en una de las terrazas de mi casa y empezamos a conversar. En algún momento ella me dijo que no es de hablar mucho, que suele ser callada. Me llamó la atención, porque en varias ocasiones fui yo el que tuvo que interrumpirla. Me pareció elocuente, clara, con una dulzura impresionante. Ella insistía en que su esposo es así, que mucha gente tiene un concepto equivocado de él. Lo describía como dulce, risueño, gracioso, divertido, comprometido.

Yo escuchaba y pensaba que no entendía muy bien a qué se refería con ese “concepto equivocado”, porque todo lo que ella decía coincidía bastante con la imagen que yo siempre he tenido de él. Pero bueno, esa es mi mirada. No puedo hablar por los demás.

En medio de la conversación, sin aviso, sin dramatismo, hubo momentos en que la emoción apareció sola. No una vez, sino tres. En distintos pasajes, cuando hablábamos de lo que implica vivir una campaña desde adentro, de lo que se gana y de lo que se pierde, se le llenaron los ojos de lágrimas. No eran lágrimas escandalosas ni teatrales; eran de esas que se asoman, que humedecen la mirada y dicen más de lo que las palabras alcanzan a decir.

Tengo que confesar que, en un par de ocasiones, a mí también se me llenaron los ojos. No sé si fue exactamente por lo que decía, o por lo que me hacía sentir. Tal vez por ambas cosas. Hay personas que, sin proponérselo, te llevan a un lugar interno donde la sensibilidad se afloja, donde uno baja la guardia. Rosi tiene algo de eso.

En algún momento le pregunté si ella le había dado la adhesión a él, en qué instante había decidido apoyarlo políticamente. Me respondió algo que me pareció profundamente honesto: que no hubo un “antes” y un “después”, que no hubo un momento puntual de decisión. Entraron juntos a la política. Desde el principio. Como han hecho muchas cosas en su vida.

Me contó que cuando empezó a acompañarlo, ya fuera en el comando de campaña o en la oficina —no quise precisar demasiado— descubrió un mundo que no conocía. Dijo que le gusta estar ahí, que se encuentra con gente luchadora, que ha hecho amigos, que disfruta la convivencia. Me habló de un ambiente humano que la sorprendió. Ella nunca había sido política, nunca se había imaginado ahí, y, sin embargo, estaba disfrutando el proceso. No desde la ambición, sino desde la experiencia.

Claro que debe estar disfrutando el proceso. Porque, aunque ella se defina como una persona de pocos amigos, estoy seguro de que la gente le reconoce el brillo. La ve brillar. Es de esas presencias que no necesitan imponerse para ser notadas. Y es muy probable que quienes están en la campaña, en el comando o incluso en la calle, se dejen impregnar por su dulzura sin darse demasiada cuenta. Aunque ella misma no se permita acercarse demasiado a relaciones íntimas —o al menos no con facilidad—, hay algo que sí es evidente: siente la vibra. La reconoce. La recibe. Y esa vibra no solo la alimenta, sino que la hace brillar todavía más.

No le pregunté si pensaba que iban a ganar. Me pareció una insolencia. Nadie sabe quién va a ganar. Todo el mundo espera ganar. Eso no dice nada. En cambio, me dijo algo que me pareció mucho más revelador: que el proceso estaba valiendo el esfuerzo. Que, más allá del resultado, había algo profundamente valioso en lo que estaban viviendo, especialmente en la relación con la gente.

Sí le pregunté qué harían en el caso eventual de que no ganaran. Me respondió con una naturalidad desarmante: volverían a su casa, a su vida. Tendrían que rearmarla. Porque, como otros candidatos con los que he hablado, le están apostando todo a esto. Han puesto su vida en pausa, sus trabajos, sus rutinas, sus seguridades. Y eso es algo que pocas veces se dimensiona desde afuera.

Muchos de ellos —con una excepción muy puntual— tendrán que volver a pedir trabajo, reinventarse, ver qué hacen después. Eso también es parte de la política, aunque casi nadie lo cuente. Esa fragilidad, ese salto al vacío, ese “después vemos”.

Rosi se define a sí misma como bohemia. Se considera artista. Le gusta la cerámica. Habla de su marido con una ternura que no necesita exageraciones: bromista, sensible, chistoso, dulce, cariñoso. Tan así, que mientras la escuchaba, me daban unas ganas enormes de conocerlo. Ya no tanto por la entrevista, sino simplemente por el gusto de conocer a la persona que ella estaba nombrando.

Como dije, le gusta la cerámica. Practicarla, moldearla, embarrarse las manos, crear. Y seguramente, con ello, soñar y dejarse llevar en el tiempo y el espacio, como lo hacemos todos los artistas cuando entramos en ese estado donde el mundo se suspende. Pero más que eso —y se lo dije—, me parece que ella moldea su vida como una pieza única. Sea lo que sea que termine siendo esa pieza, o ella misma si seguimos en la metáfora, no cuestiona la construcción, ni el momento, ni el fin. Simplemente se amolda a las circunstancias que le toca vivir.

Le dije que ella se moldea a sí misma. Y que, si al final resulta ser un pichelito, una taza o un plato, sabrá serlo como tiene que serlo. Porque trabaja en la construcción, sí, pero acepta el resultado final. Hay una sabiduría profunda en eso: hacer lo mejor posible con lo que hay, y luego soltar.

Y con respecto a los amigos, creo que ocurre algo parecido. Ella, con su sola presencia, moldea el alrededor. Como si garantizara que, cuando alguien llega a estar en su campo, en su cercanía, ese alguien aporte y sosiegue. No por exigencia, sino por coherencia.

Hubo una frase que se me quedó clavada. Dijo que a él no solo le palpita el alma, sino que se le sale. Y lo dijo sin grandilocuencia, como quien dice algo obvio. Dijo también que está profundamente enamorada de él. Y que siente —no cree, siente— que la gente lo ama.

Ahí entendí muchas cosas sin necesidad de preguntarlas.

En un momento dado —sin que yo lo guiara, sin que lo provocara— Rosi empezó a contarme sus experiencias con la gente. Con las personas que se le acercan, que llegan con dolencias, con problemas, con historias cargadas de peso. Historias que no siempre buscan solución, sino simplemente un lugar donde ser dichas. Ahí la conversación tomó otro rumbo. O más bien, se profundizó.

Pasamos un buen rato hablando del dolor. De lo que hace el dolor en las personas. De las herramientas que existen para acompañarlo. De cuándo es sano mitigar el dolor y cuándo no. De lo peligroso que puede ser querer aliviar demasiado rápido, demasiado profundo, sin respetar los tiempos internos. Fue, sin exagerar, casi una sesión de coaching. Y llegó en buena hora.

Esa conversación nos acercó. Mucho. Tremendamente. A mitad del tiempo que compartimos, ya nos veíamos distintos. Ya no era solo su dulzura, elegancia y fineza. Era como si la dulzura hubiera impregnado el ambiente. No solo se sentía: se respiraba. Me atrevería a decir que Rosi no solo hablaba con dulzura; ya olía a dulzura. Y no sé cómo explicarlo mejor que así.

Estoy casi seguro de que ella podría jurar que fui yo quien transformó el ambiente. Yo podría decir exactamente lo contrario. Pero no importa. Podríamos empatar la media sin problema y decir algo más verdadero: en esa conversación, la unión entre ella y yo cambió el ambiente. Algo se acomodó. Algo se aquietó.

En medio de todo eso, volvió a aparecer el tema de la campaña. Y ahí me sorprendió su ecuanimidad. Se siente tranquila. No ausente, no ingenua, sino tranquila. Percibí en ella una inteligencia emocional interesante. No la del manual, no la perfecta. A veces no tiene todos los recursos para manejar lo que siente, pero tiene algo igual o más valioso: sabe buscar los recursos. Reconoce cuándo no puede sola, reconoce qué herramientas le faltan y dónde podría encontrarlas. Eso, para mí, es una forma profunda de madurez.

Me encanta cuando vuelve a hablar de su esposo. Yo, insolentemente, lo llamo Eli porque no está presente. Ella no. Ella lo llama Pecas. Y cada vez que lo nombra, le agrega algo más. Pecas es educado. Pecas tiene una gran capacidad de expresión. Pecas es sensible. Cada vez que habla de Pecas, aparecen nuevos adjetivos, como si no se le agotaran.

Ella dice que no es muy habladora. Yo no coincido del todo. Me parece que habla lo suficiente. Que sabe llenar el ambiente. Aunque sospecho que sí puede ser calladita cuando quiere. Me habló de un par de amigos muy cercanos. No solo se nota que los aprecia o los quiere. Se nota que los ama. Y no de una forma discursiva, sino de una forma involucrada. Como si su alma participara activamente en esos vínculos.

No recuerdo si lo dijo con esas palabras exactas, pero lo que entendí es que ella ama con el alma. Y no como metáfora: realmente involucra el alma. En la tercera parte de la conversación dijo algo que me conmovió mucho. Dijo que le gustaría que esos dos amigos me conocieran. Que le gustaría que yo los conociera a ellos. Y lo dijo con una imagen preciosa: si ustedes tres —sus dos amigos y yo— estuvieran juntos, dijo, echarían chispas y centellas.

La mañana pasó rápido. La pasamos muy bien. Sé que ahora debe tener una agenda apretadísima. La mía también lo está. Encontrar espacios sociales en este momento va a ser difícil. Así que la dejo en agenda. Y después del primero de febrero —si llegan o no a la presidencia, incluso aunque lleguen— esperaré a que las aguas se calmen un poco para volver a tocar base con Rosi.

No quiero que quede en el olvido. Quiero conocerla más. Tal vez conocer a su esposo. Tal vez a sus amigos. Hay encuentros que no se agotan en una conversación.

Normalmente, cuando me reúno con el familiar de un político, es para hablar del candidato. Y tal vez así lo hicimos un rato, recogiendo adjetivos de don Eli desde los ojos de Rosi. Pero el matiz cambió. Creo que voy a tener oportunidad de hablar con él más adelante, no quiero perder ese chance —¿verdad, don Eli?, ¿quiere venir por su dosis de amistad? —. Pero ese día, en ese momento, frente a los ojos brillosos y a ratos húmedos de doña Rosi, pensé: ¡qué caray!, dejemos al político en paz, que se defienda solo. Hoy conozcamos a la mujer que, según los designios de la vida y las vueltas impredecibles de la política, podría ser perfectamente la Primera Dama de todos los costarricenses.

Yo soy Vinicio Jarquín.

Rosi y yo creamos un ambiente de amor.

4 comentarios en “Una conversación con Rosi”

  1. Lindas palabras, describe perfectamente lo que a través de la política, sentimos los que hemos llegado a esta familia maravillosa. Rosi es eso; dulzura y calma y Eli es todo lo que ella describe; un hombre que encanta, no solo por su calor humano sino también por su capacidad intelectual 🧡🧡🧡

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