Después de múltiples intentos, llamadas y de tratar de cuadrar agendas, finalmente esta mañana me di el gusto de reunirme con Claudia Dobles, ex Primera Dama de la República durante el gobierno de don Carlos Alvarado y, hoy, candidata a la presidencia para el período 2026-2030.
La cita era a las diez de la mañana. Yo llegué veinte minutos antes y, sin bajarme del carro, me quedé ahí haciendo algunos ejercicios mentales de relajación. Para mí la cita era importante, y además venía cargado. Los últimos días, y particularmente los acontecimientos políticos recientes, me tenían estresado. Esa mañana amanecí con un desencanto y un desgano difíciles de disimular después de las noticias del día anterior. Así que fue necesario apaciguarme. No como un gesto simbólico, sino como una condición real para poder estar con mis capacidades al máximo durante la reunión. No solo porque así considero que es la manera correcta de presentarse a una conversación, sino porque supuse —y sigo suponiendo— que ella merecía que yo estuviera presente, conectado y enfocado.
Me bajé del carro diez minutos antes de la hora acordada. Me pasaron a una salita mientras esperaba a que ella y su equipo de campaña llegaran. El personal del lugar, en Santa Ana, fue muy amable. Me ofrecieron café, agua, lo que quisiera tomar. Pedí agua. Trajeron un pichel y lo colocaron en el centro de la mesa, junto con dos vasos: uno para mí y otro listo para cuando ella llegara.
Mientras esperaba, salí a una terraza. Me puse a ver la naturaleza, el cielo, a dejar que el cuerpo y la mente terminaran de acomodarse. Estaba ahí, observando, cuando de pronto ella entró con su personal. Llegó con una elegancia serena, con una autoridad firme, de esas que no necesitan imponerse. Es una presencia que ya conocemos, tanto por su paso por el despacho de la Primera Dama como por lo que hemos visto de ella en su actual campaña política.
Saludé a doña Claudia y también a la joven que la acompañaba. No sé si es jefa de campaña, asistente o secretaria; no lo pregunté. Sí puedo decir que es una persona agradable, cercana, con quien ya había intercambiado algunos mensajes y que tenía a cargo su agenda y la acompañaba en este tipo de actividades.
Una vez que los saludé, delante de ellas pedí algo poco habitual: solicité que, por favor, cambiaran el agua que habían puesto sobre la mesa. Pedí que se llevaran el pichel y el vaso que estaba destinado a doña Claudia. Expliqué con toda claridad el motivo. Si ella tomaba agua de un vaso que había estado ahí, cerca mío, sin vigilancia, y por alguna razón ocurría algo —una contaminación accidental, cualquier cosa—, era muy probable que la responsabilidad recayera sobre mí. Y en tiempos tan polarizados como los que estamos viviendo, yo no quería cargar con esa responsabilidad. Pedí, simplemente, que trajeran agua nueva.
El personal se llevó el pichel y los vasos y regresó con agua distinta para ella. Con la esperanza, claro, de que estuviera tan limpia como cualquiera esperaría, pero con la tranquilidad —un poco egoísta, lo admito— de que cualquier cosa que pasara ya no sería mi responsabilidad.
Doña Claudia reaccionó con mucha amabilidad. Dijo que, pasara lo que pasara, nunca imaginaría que algo así fuera responsabilidad mía.
La reunión tengo que confesar que empezó un poco tensa. Se sentía como una entrevista formal, casi como esas entrevistas clásicas de periodista a candidato. Y ese no es el tipo de encuentros a los que yo estoy acostumbrado, aunque probablemente ella sí. Durante esos primeros minutos no supe con claridad si la tensión venía de ella, de mí, o de que ella estaba ya instalada en su rol de candidata mientras yo todavía no encontraba el mío dentro de esa dinámica.
No era fácil encontrar mi lugar frente a una mujer con la firmeza y la autoridad que ella tiene. La manera en que se sienta, cómo te mira, cómo espera a ver qué le vas a decir, la fluidez con la que responde y la seguridad que transmite hacen que uno tenga que acomodarse internamente. A eso se suma —y lo digo con todo respeto y esperando no ser malinterpretado— una presencia física singular y llamativa. Belleza, podría decirlo sin rodeos. Todo eso, junto, impone.
Hablamos un poco de ella. De su familia, de su esposo, de su hijo. De su paso por la Casa Presidencial. De las carreras, títulos, cursos y diplomados que obtuvo entre la administración anterior y el momento actual. Hablamos también de su mamá, de la realidad del país, de política y de esos temas inevitables. Aunque me autorizó con total libertad a contar lo que quisiera de la conversación, nunca hubo algo que se sintiera secreto, confidencial o reservado. Todo fluía con naturalidad.
Sin embargo, en este tipo de textos para mis lectores, a mí me interesa más contar lo que sentí y cómo viví la experiencia, que reproducir lo que dijo, lo que piensa de las encuestas, de los próximos diputados o de lo que, según ella, debe hacerse por el país. Eso está en otros espacios. Aquí me importa más el pulso humano del encuentro.
Y en medio de todo eso, pasó algo simple, casi doméstico, pero decisivo. Ofrecieron capuchinos. No a mí, a ellas. Yo ya había dicho antes que no quería café, así que tuve que corregirme y decir que había cambiado de idea, que, aunque no me estuvieran ofreciendo, yo sí quería uno. Y valió la pena. Estaba delicioso. Un capuchino servido en un vaso alto, casi como una copa, con agarradera. Bien preparado, con una capa generosa de espuma de leche arriba.
Y claro, cuando algo puede pasar, pasa. Tomé el vaso y di el primer sorbo. En ese vaso delgado, la espuma de arriba inevitablemente me pegó en la nariz, dejándome un evidente manchón blanco. Sin limpiarme, porque era obvio lo que había ocurrido, me giré hacia Claudia Dobles y le dije:
—Yo no sé cuánto respeto tiene usted por mí.
Ella me miró con una expresión de desconcierto, como preguntándose a qué venía ese comentario. Y entonces agregué:
—Pero estoy seguro de que con la leche que tengo en la nariz ya lo perdí todo.
Eso desató la risa. No sé si le rompió el hielo a ella, pero a mí sí. A partir de ahí, algo se acomodó. Para mí, al menos, dejó de ser una entrevista rígida. Ya no era solo doña Claudia; internamente empezó a ser doña Clau. Aunque al rato nos hablábamos de vos, como suelo hacerlo con otros candidatos, hay cosas que no se borran. Doña Claudia es Primera Dama de la República. Ese es un título que se gana y que es permanente.
Por más cercanía o confianza que pueda existir en un momento dado, hay títulos que se respetan. A doña Gloria Bejarano nunca le quito el “doña”. A doña Margarita Penón tampoco. Y con ella ocurre lo mismo.
Como dije líneas atrás, había un hielo que romper. Y tengo que confesar algo con total honestidad: desde que empecé en esta campaña, es la primera vez que me sentí inseguro. Tal vez un poco ansioso. Tal vez sin saber muy bien de qué hablar o cómo hablarlo. Por momentos me sentí torpe en su presencia. No sé si era su apariencia, su seguridad, o simplemente la emoción de estar frente a Claudia Dobles.
También influyó, sin duda, el contexto. No solo estaba ella. Había un equipo de trabajo cerca. No me refiero a la chica que la acompaña habitualmente, sino a otros dos muchachos de su equipo que estaban ahí, presentes, observando. Y aquí voy a ser brutalmente honesto: sentí —según mi percepción, claro— que tenían una incapacidad impresionante para sonreír. Como si yo les hubiera caído mal. No a ellas. A ellos. Esa fue la sensación. Tal vez injusta, tal vez proyectada, pero real en ese momento.
Además, estaba en su territorio. En un lugar de conferencias pensado, supongo, justamente para este tipo de reuniones. Y no pude evitar pensar que habría sido completamente distinto tener a Claudia en mi terraza en Rohrmoser, o caminando por mi patio, o conversando sin paredes institucionales alrededor. No lo sé. No sé si fue el lugar, la emoción, su prestancia, el momento político que estamos viviendo, la presencia del equipo, o toda esa efervescencia que flota en el aire cuando se habla de poder, país y futuro. No lo sé.
Lo que sí sé es que, muy rápidamente, ella hizo algo que no es menor: me hizo sentir cómodo. Y no desde un gesto político aprendido, sino desde algo más humano. Sus sonrisas, su tono amable, nada impostado, nada de discurso. No se sentía “en modo candidata”. Se sentía conectada. Para decirlo de forma popular: estaba en buena nota. Presente. Cercana. Ahí.
Y cuando eso ocurrió, algo dentro de mí se acomodó. Bajé los hombros. Respiré distinto. Dejé de estar pendiente de si decía lo correcto o lo incorrecto. Empecé a estar simplemente ahí. Conversando.
De hecho, hubo un hecho adicional, extra gracioso, que terminó de sellar ese cambio de clima.
En uno de esos silencios que aparecen de pronto en las reuniones, esos silencios que no son incómodos, pero sí reveladores, ocurrió algo inesperado. En la silla que estaba a mi lado derecho —porque a la izquierda estaba Claudia Dobles y al frente la chica de la que ya les he hablado— aterrizaron, si esa es la palabra correcta, tres libélulas. Yo, desde siempre, a las libélulas les llamo gallegos, aunque en ese momento descubrí que nadie más conocía ese nombre. Ninguno de los cuatro había escuchado jamás que se les llamara así. No sé si soy solo yo o si ustedes, cuando lean esto, podrán decirme que también las conocen por ese nombre.
Eran tres gallegos azules, de un azul intenso, casi como mariposas morfo. Yo le pregunté a doña Claudia si alguna vez había visto tres gallegos azules juntos. En ese instante, tanto ella como la chica voltearon a verlos con más atención, y ahí fue cuando noté algo que hasta ese momento se me había pasado por alto: dos de ellos estaban copulando y el tercero miraba hacia otro lado. Pensé que, de haberlo notado antes, probablemente no habría dicho nada, pero ya el comentario estaba sobre la mesa y no había marcha atrás.
Nos reímos. Yo añadí, tratando de aligerar aún más el momento, que el que estaba viendo para otro lado parecía muy respetuoso. Doña Claudia hizo un comentario —no recuerdo las palabras exactas— algo así como que esos dos estaban entretenidos, en lo suyo, en su actividad, con una forma muy decente y elegante de nombrar lo evidente, dando a entender que se trataba de un galleguito y una galleguita. Yo entonces respondí que me parecía interesante, porque yo había pensado que eran dos gallegos machos y que el que miraba hacia otro lado era una hembra. Ella respondió algo en la línea de “cada ladrón juzga por su condición”, o algo muy parecido. Volvimos a reírnos. Mucho.
Ahí ya el clima era otro. Ya no había rigidez, ni entrevista, ni roles marcados. Era un momento íntimo dentro del rato que compartimos. La reunión estaba pensada para cuarenta y cinco minutos, pero había un margen de unos quince minutos más, y los usamos. Conversamos un poco más. Ella me dijo que ojalá no fuera la última vez que nos viéramos.
Para ese momento del encuentro, yo me atrevería a jurar que ella no estaba en ningún papel o usando algún traje de candidata, de política, o de ex Primera Dama, solo era ella, en su inmensa naturalidad. Principalmente cuando hablaba de su hijo, era ella, la mamá, la mujer, la persona. Encantadora, por cierto, hermosa, risueña y accesible; y sin perder el aplomo.
Si, sin perderlo, porque estoy seguro que ella se debe ver igual, firme y segura, aún en ropa de gimnasio o en pijamas.
Yo le comenté que Apacigua tu ser interior no terminaría con las elecciones. Que, si lográbamos llevar a Zapote —o a la silla presidencial— a un gobierno democrático, el movimiento y mis seguidores íbamos a continuar. Que nuestra intención era seguir siendo un puente, llevar información de la población hacia el presidente o la presidenta, y ejercer una responsabilidad social y civil de vigilancia y participación. Le pregunté directamente si, en una eventual presidencia, estaría dispuesta a asignar a alguien que fuera un oído para nosotros dentro de Casa Presidencial.
Me dijo que sí. Definitivamente sí. No era una respuesta que yo no esperara, pero agregó algo importante: que es fundamental no perder la perspectiva, y que el hecho de poder tener contacto con gente normal —como nosotros, los humanos, los costarricenses— sería valioso. Lo dijo sin solemnidad, sin pose, con claridad.
Debo aclarar que lo de “gente normal” son mis palabras, no las de ella. Ella usó un término políticamente correcto, para referirse a los costarricenses, pero al no recordarlo, yo anoto estas.
Nos despedimos. Y me quedé con la sensación de que habría querido que el encuentro durara mucho más. Ojalá algún día podamos volver a encontrarnos, tal vez con más confianza, con mayor naturalidad. Ojalá algún día pueda tenerla en mi casa, sin mesas de reuniones ni agendas apretadas de por medio; sin capuchinos con crema de leche y sin gallegos juguetones.
No me queda más que agradecerle a doña Claudia el espacio que nos permitió —a ustedes y a mí— para estar un poco más cerca de ella, y desearle los mejores éxitos en su vida.
Yo soy Vinicio Jarquín.
Nota adicional:
La chica que acompaña a doña Claudia es de San Carlos y me aseguró que allá siempre les dicen libélulas, y jamás gallegos. Y como yo vivo en naturalidad y neutralidad frente a los candidatos democráticos, le dije: “¡Ah sí, de verdad! Pues le voy a preguntar a Juan Carlos Hidalgo a ver qué me dice él”.

Excelente artículo Vinicio, importante y oportuno conocer más y mejor a doña Claudia. Gracias por todo y tanto.